Vi por última vez a Bernicola en plena feria de Hogueras de hace un año, a la puerta de uno de los bares de la Plaza de España, donde los aficionados toman el último café antes de la corrida. Se plantó delante de mí: ¿Me conoces?, me dijo. Pues desde hace cuarenta y cinco años. Joven estudiante inquieto que, como todo muchacho de su edad buscaba un ideal, se encuadró en la Agrupación de Antiguos Miembros del Frente de Juventudes donde yo lo conocí, una de las pocas opciones en los años sesenta, pero era un ferviente admirador de Fidel Castro, según me dijo en voz baja para que no todos lo oyeran. Luego, en la Universidad, fue un líder que encabezaba movimientos estudiantiles reivindicativos. Era activo y tan pronto pudo se afilió al Partido Socialista y por su valía intelectual entró en la candidatura encabezada por Lassaletta que se alzó con el triunfo, y pronto se responsabilizó de la Concejalía de Cultura, en la que realizó importante labor. Él en este área y en la suya Antonio Moreno -otro valor prematuramente perdido- pusieron en alza la Plaza de Toros, cuya propiedad había adquirido poquito antes el Ayuntamiento.
Gran logro para los alicantinos que de no haber sido así habrían perdido su coso para nunca más recuperarlo. Por aquellos años, el entonces presidente de la Asociación de la Prensa, Blas de Peñas, y éste que les escribe como vocal del colectivo, nos unimos a los ediles para llevar a cabo la Corrida de la Prensa. A partir de entonces se estrechó más mi amistad con José Antonio Martínez Bernicola, acrecentada también por mi pasión por el cante.
No era demasiado aficionado a los toros este culto concejal, si bien con esta actividad se sumó a tan apasionante fiesta. De lo que sí presumía es de flamencólogo, y podía hacerlo, porque era un erudito en la materia.
Conocía todos y cada uno de los palos del flamenco, pero curiosamente jamás se atrevió a cantar. Involucró en la aventura a su gran amigo Lassaletta, al que acompañaba todos los años al Festival del Cante de las Minas en La Unión de Cartagena. Lo que más le apasionaba era el cante puro: soleares, martinetes, peteneras, tonás, cante de fragua, y sus cantantes favoritos eran Enrique Morente, Pepe Meneses, El Turronero y, naturalmente, el Camarón de la Isla. Entre los guitarristas, Paco de Lucía, Niño Ricardo, Melchor de Marchena y su hijo Enrique de Melchor.
Tanta era la admiración que profesaba por los grandes del cante, que a su hija la bautizó con el nombre de Pastora, en homenaje, seguramente, a Pastora Imperio y Pastora Pavón. Consiguió Bernicola que las principales voces del flamenco vinieran a Alicante para que todos las pudieran saborear.
José Antonio Martínez Bernicola padecía de hipertensión, registrando subidas por encima de los veinte de máxima y superiores a los diez de mínima, lo que le obligó a internarse en alguna ocasión, y a privarse en las recepciones oficiales de probar el alcohol y consumir tabaco.
Por su carácter serio y su verbo retórico y meditado, mereció el calificativo de «cabeza pensante» del PSOE, a lo que contribuiría su prematura alopecia. Otros lo llamaron el Agustín González de la política, por su enorme parecido con el popular y gran actor de este nombre, tanto en su físico como en sus gestos y ademanes.
Tu muerte, prematura e inesperada, nos ha sorprendido a todos. Que del Cielo bajen los ángeles del cante jondo y te lleven a la eterna morada entre rasgados de guitarra y ayes de soleá.