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EDITORIAL

Premio a la utopía

10.10.09 -
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Cuesta rastrear en la memoria reciente un Premio Nobel, en cualquiera de sus disciplinas, que haya suscitado la expectación que ayer despertó en todo el mundo el reconocimiento a Barack Obama por su defensa de la diplomacia multilateral a favor de la paz y su aspiración de lograr un mundo limpio de armas nucleares. La oleada de expectativas levantada en torno al singular liderazgo del primer presidente negro de Estados Unidos fue ahogando con el paso de las horas las evaluaciones más críticas sobre si atesora méritos suficientes o no para recibir tal distinción, cuando no ha cumplido tan siquiera su primer año de mandato. La excepcionalidad del personaje y la aureola de esperanza, de búsqueda de objetivos que aún hoy se antojan utópicos tomados en su conjunto, resultan irresistibles frente a los recelos que alimenta la concesión del Nobel de la Paz. Frente a las dudas sobre si su carisma basta para seguir dando aliento a unos propósitos encomiables, sí, pero que distan de haberse traducido aún en resultados verificables y duraderos; sobre si resulta incluso conveniente que la Academia sueca haya optado por premiar al líder de la única superpotencia mundial y hacerlo cuando está en activo, en lo que supone un nítido mensaje al conjunto de la comunidad internacional sobre cuál es el camino que considera más apropiado el jurado de los Nobel para avanzar en el logro de la paz. Al otorgarle un galardón tan significativo justamente a Obama, el premio adquiere unas connotaciones indudables, que no afectan tanto a la carga de responsabilidad que ha demostrado estar dispuesto a asumir el presidente estadounidense, como a la relación que se presupone deberían tener hacia su Administración los que integran el multilateralismo que propugna.
En este sentido, las agradecidas palabras de Obama por haber sido distinguido de este modo resultaron particularmente elocuentes de cómo concibe el orden mundial, al interpretar el Nobel como una «llamada a la acción» ante los conflictos que atenazan a la Humanidad en el siglo XXI pero también como la afirmación del liderazgo de EE UU ante ese desafío. Resulta incuestionable que la fulgurante trayectoria política del líder norteamericano, su poderosa capacidad para haber recuperado el valor de la retórica y decisiones impensables poco antes de que fuera elegido, como el pacto con Rusia contra la proliferación nuclear, han permitido difuminar en menos de un año la falta de empatía hacia su país bajo la presidencia de Bush y recrear un nuevo ambiente en las relaciones internacionales. Pero ese ambiente, a fecha de hoy, es el de las expectativas cumplidas con respecto a lo que prometía Obama pero sin resultados lo suficientemente tangibles para garantizar que vaya a tener éxito en la empresa que se ha marcado. Ni que los parabienes generalizados que ayer generó su Nobel de la Paz vayan a sobreponerse a la árida trastienda de todos los problemas que el líder de EE UU está tan predispuesto a acometer.
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