Ha pasado siglo y medio desde que se derribó la Puerta Ferrisa y todavía se habla de este vestigio de la época en que Alicante estaba dividida entre moros y cristianos, antes, desde luego, mucho antes, de que el barrio de San Blas instituyera sus famosas fiestas de la Media Luna y la Cruz. Y se habla porque el Ayuntamiento ha decidido seguir adelante, y hace bien, con las obras que en torno a esta reliquia de la arquitectura se realizan para la construcción de un edificio municipal.
Siendo buena esta noticia, lo es más que puedan conservarse todavía los muros de la Puerta Ferrisa, que a punto estuvieron de desaparecer en varias ocasiones, lo mismo que años atrás desapareciera la Puerta. Los alicantinos somos un poco dejados en estas cosas, pero no tanto como para dejar perder tan importantes vestigios, si bien nuestros bisabuelos decidieron cargarse la puerta.
Dicha puerta se encontraba situada al final de la calle Mayor e inicio de la Villa-Vella, a la altura, poco más o menos, de la calle Maldonado. El derribo, según unos historiadores se llevó a cabo en 1862, mientras otros sostienen que fue entre 1857 y 1858. Menos mal que quedaron los muros.
Lo más peliagudo es saber cuándo se construyó la Puerta Ferrisa. El por qué sí lo sabemos. La Puerta pertenecía a la primera muralla de la llamada Medina Islámica y separaba la parte alta de Alicante, o sea, la Villa Vieja, que estaba habitada por los moros, de la baja, donde moraban los cristianos. Los viejos cronistas sitúan su construcción entre los siglos XII y XIII, quizás en 1248, cuando Alfonso X el Sabio, siendo Príncipe, fue enviado a Alicante para cumplir el mandato de su augusto padre.
La historia la considera una de las más importantes de la vieja ciudad. De gran belleza, era un arco de medio punto que soportaba el viejo palacio que primero fue, al parecer, del Duque de Maqueda y más tarde, también al parecer, del Conde de Altamira, En los grabados que aparecen en las Crónicas de Rafael Viravens y Nicasio Camilo Jover puede observarse sobre el arco un balcón perteneciente a una de las habitaciones de aquella mansión con hueco a Mayor y Villavieja.
Lo que queda ahora como vestigio de aquel pasado es un trozo de muro adosado a las casas de los números pares de la calle Mayor.
Con las obras que realiza el Ayuntamiento en estos días no sólo se ha salvado el muro, sino que se han realizado verdaderas piruetas para no dañar otras casas, como el viejo palacio del Marqués del Bosch de Arés y Conde de Torrellano, con fachada a Mayor y Jorge Juan, algunas de cuyas piezas se introducían en el espacio que ocupa la obra municipal.
Para completar el panorama, recordemos que de la parte izquierda nace la calle de Maldonado, donde se encuentran las antiguas Escuelas de ese nombre, en las que precisamente nació -su madre era la directora- un ilustre hijo de Alicante, el profesor Ángel López-Amo Marín, fundador del Estudio General de Navarra, y que fuera preceptor del Príncipe Don Juan Carlos, hoy Rey de España.
A la derecha, pegadita al muro, los jovencitos más disolutos de. Alicante de los añosa cuarenta y cincuenta, recuerdan la que fuera típica taberna llamada Cá la Sorda, regordeta y colorada vieja que dicen tenía un hijo cura de Santa María, y que por cuatro pesetas te servían un litro de vino tinto peleón, y con una peseta más, un cartucho de cacahuetes. Total, por un duro de los de entonces pasaban la tarde cuatro estudiantes y, además, bebiendo en porrón.