Políticos y legisladores están en el tema. Los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, azuzados por la Prensa, que para eso se dice que es el cuarto poder, andan de cráneo con la reforma o nueva creación de una Ley del Menor. Una ley que no debía de ser sólo represiva, sino también preventiva. Se ha debatido mucho sobre si las cárceles son centros de reforma y corrección o escuelas de delincuentes. Alicante contó hace años con un llamado Reformatorio de Adultos situado en el barrio de Benalúa (edificio hoy convertido en Juzgados) pensado para primerizos y jóvenes de la entonces edad penal atenuada, es decir, entre 16 y 18 años. Las cárceles no debían tener el solo objetivo de encerrar a los malos, de almacenar a delincuentes como ssi de una mercancía se tratara, sino en ayudarlos, reformarlos, recuperarlos.
Los últimos atroces casos ocurridos en Sevilla y Córdoba, cometidos por menores, algunos de los cuales, debido a su edad, están paseándose tranquilamente por las calles, han vuelto a poner sobre el tapete la necesidad urgente de una nueva y eficaz Ley del Menor. Existen muchachos de 13 y 14 años que son más bestias que algunos mayores. Y eso es lo que más preocupa, porque no se sabe qué hacer con ellos.
El tema de la prevención es el más peliagudo. A algunos menores se les enseña a delinquir y son utilizados por los mayores para que cometan delitos y salirse ellos de rositas. Les voy a contar un caso, no tan cruel como los de Sevilla y Córdoba.
Un señor de cierta edad espera en la acera, a pie de semáforo, a que el disco se ponga verde y atravesar la amplia avenida de Eusebi Sempere. El momento es aprovechado por una niña, no tenndría más de 14 ó 15 años que finge ser sordomuda o tener alguna tara mental. Deposita sobre la mejilla del peatón un cariñoso y tierno besito, al tiempo que le muestra un pliego de firmas con un texto confuso, en pro de la construcción de un centro para sordomudos y otro para deficientes mentales y no se sabe cuántas cosas más. Otro besito mientras el caballero estampa su firma. No le exige documento alguno o dirección. Pero le solicita, en la media lengua que utilizaba la espabilada niña, un donativo, y el buen hombre, en un gesto de solidaridad, le entrega un billete de diez euros, que es compensado con otro tierno y seminfantil besito. Para contrastar la firma estampada, le pide el DNI a ver si coincide. El peatón de cierta edad saca la cartera que la ingenua mudita tapa con el pliego de firmas, mete la mano por debajo y le guinda la cartera. La niña, que no era sordomuda ni deficiente, sino todo lo contrario, sale de naja mientras el peatón de cierta edad se queda sin carera, sin dinero y sin DNI. Eso sí, con unos cuantos babosos besitos.
Reformen ustedes de una puñetera vez las leyes, no en favor del delincuente, sino de la víctima. De lo contrario, parafraseando a Concepción Arenal en vez de decir aborrece el delito y compadece al delincuente, tendremos que decir odia ley y compadece a la víctima.