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08.07.09 -

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Loqueros (II)
J. IBARROLA
Por si les supo a poco lo de la semana pasada, aquí va la segunda y última entrega de las maravillosas andanzas de mi mundo éste, el de los psicólogos. Como les adelantaba no todo lo que se dice y comenta sobre ciertos principios es cierto, más bien se han ido convirtiendo en dogmas erróneos, pero incuestionables para algunos, a lo largo de los años. Y de este modo, haciendo autocrítica, se ha intentado revisar y poner en entredicho algunas de las creencias arraigadas, que no todas, de mi querido gremio. Siguiendo la recopilación que Rolf Degen recoge en su libro Falacias de la psicología, al igual que hacíamos hace siete días, continuamos hoy con los mitos relativos a la conciencia alterada y aquellos que se refieren a nuestro cerebro.
Detrás del primer campo a analizar, se esconde la milenaria técnica de la meditación y junto a ella la falsa creencia que ésta representa la cura a todos los males. Cabe remarcar que se trata de una técnica ampliamente utilizada en Oriente durante miles de años, fruto de una realidad social y religiosa determinada. Sin despreciar algunos de sus posibles efectos beneficiosos cabe remarcar, sin embargo, en palabras del propio Degen, las falsas promesas que se esconden tras su aplicación en el moderno y estresado mundo occidental, tan hambriento de curas rápidas y milagrosas: «La meditación es un método de ensimismamiento mental, obtenido dirigiendo la atención hacia un símbolo, un sonido o el ritmo de la propia respiración. Se afirma que produce una extraordinaria y profunda sensación de paz interior. En su contexto originario, que era el religioso, estos ejercicios físicos servían para vencer la limitación de la mentalidad cotidiana y entrar en contacto con una fuente de vida trascendente (que se interpreta como interior). Pero últimamente varios de los mayores gurús del lejano Oriente han abandonado la torre de marfil religiosa y practican una venta de saldo o liquidación general de los despojos de las doctrinas meditativas orientales, que son presentadas como lenitivo instantáneo para los castigados nervios del hombre civilizado». De modo que no es ni la vacuna ante el estrés ni parece que todos sus efectos sean beneficiosos. De hecho, según estudios publicados por Robert Todd Carrell «la meditación atrae a determinados caracteres lastrados por graves problemas y que buscan con desesperación alguna manera de aliviarse. Muchos de los que padecen problemas somáticos o psíquicos durante la meditación seguramente acusaban los mismos trastornos antes de iniciar los ejercicios. En este caso la meditación no sería la causa de las molestias, pero tampoco habría aportado ninguna mejoría». Además, parece ser que el exceso de actividad cerebral alfa (propia de un estado meditativo) suele presentar índices de correlación con tendencias hipocondríacas señaladas por medio de los tests de personalidad. Y ya no hablemos del explotado campo de la hipnosis, fuera del contexto clínico en el que parece ser altamente eficaz en el tratamiento de ciertos trastornos, donde se presenta la técnica como un espectáculo circense más, llegando a esparcir falsas creencias como las que afirman que cualquier persona bajo hipnosis puede realizar cualquier cosa que se le ordene. Nada más lejos de la realidad: cualquier actividad realizada por un sujeto en estado hipnótico, es posible fuera de él.
El campo referente a nuestro cerebro tampoco se escapa de la lacra de ciertas falacias. Quizá la leyenda más extendida en este terreno sea la creencia que se esconde tras la afirmación de que sólo utilizamos el 10% de nuestra capacidad cerebral, de manera que hay un amplio abanico de posibilidades del 90% que nuestra mente está desaprovechando. Según el profesor canadiense Barry L. Beyerstein, «el mito del 10% no es más que un engendro de la fantasía y pasa completamente por alto los conocimientos de la moderna investigación del cerebro». De hecho, si todas nuestras neuronas actuaran a la vez, incrementando así al máximo nuestro potencial cerebral, lo más seguro es que cayéramos al suelo víctimas de terribles convulsiones. Y justamente en esta actividad neuronal de filtro, que impide el funcionamiento simultáneo de todas ellas para evitar una sobrecarga del circuito, es donde reside el caldo de cultivo perfecto para lanzar afirmaciones de este tipo. Y es más, a medida que se alcanzan determinadas destrezas, esas actividades suponen menos esfuerzo cerebral. Si realmente se utilizara tan poco el cerebro y, siguiendo el principio natural según el cual todo órgano que no se utiliza se atrofia, no tendríamos más que un órgano altamente atrofiado y disfuncional por su falta de uso.
Se acaba aquí la entrega en fascículos sobre el mundo de las falacias psicológicas, pero seguiremos cuestionando, aunque sea con una sola neurona que como decía Plutarco, «el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender».

www.soniacervantes.com
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