El pasado viernes fue uno de esos días en que el sufrimiento y la tristeza se apoderan de una casi sin poder resistirse a ello. A pesar del esfuerzo y el empeño con el que se no ha educado para evitar o silenciar este tipo de emociones, una se deja llevar por ellas y acepta que, de vez en cuando, sólo por el hecho de ser humana (que no es poca cosa) debe implicarse adecuada y plenamente en sufrir, por extraño que pueda parecer a simple vista. La muerte de alguien estimado y apreciado, que no amado, por la distancia del desconocimiento personal, pero con el reconocimiento por una vida entera entregada al servicio de los demás; o la muerte injusta y cruel de un ser humano lejano pero próximo, le dicen a una «hoy es uno de esos días, no hagas nada por evitarlo».
A nadie le gusta sufrir, es por ello que intenta evitarlo a toda costa, sin darse cuenta de que este esfuerzo estéril no hace más que aumentar el sufrimiento al que tanto teme. Si bien es cierto que todo sufrimiento, bien llevado, hace a uno más fuerte, no por ello se empeña en buscarlo para poder fortalecerse, más bien hace lo contrario: lo evita o lo esquiva para no tener que pasar por el mal trago, pero créanme si les digo que muchas de las personas a las que atiendo diariamente han acabado sentándose frente a mí justamente por querer evitar lo inevitable. El trabajo terapéutico debe centrarse en la aceptación de cada una de nuestras emociones como parte de nosotros mismos, incluso aquellas que más nos disgustan, sólo así se puede hacer frente a lo que uno tanto teme. No podemos eliminar el sufrimiento en nuestras vidas, debemos aprender a convivir con él de manera productiva. Y eso, es posible.
Hace unos días alguien me pasó un artículo para que reflexionara sobre él. Ya en el título: Si sabes sufrir, sufrirás menos, se podía apreciar la conveniencia y sabiduría que escondían en cada una de sus palabras. Sólo si sabemos aceptar y vivir con lo que nos hace sentir mal, dejaremos de sentirnos así. En él, la psicóloga Mari Carmen Luciano nos adentra en el terreno del sufrimiento, desde una vivencia absolutamente normal, basada en la aceptación. La autora quiere desterrar la idea preconcebida, fruto de la educación recibida y de la imagen social proyectada, según la cual el sufrimiento es algo antinatural, una emoción contra la que deberíamos luchar diariamente con uñas y dientes. Lejos de adoptar esta actitud defensiva, expone la conveniencia de vivirlo plenamente y experienciarlo como una salida: «Cuando queremos evitar el sufrimiento, evitamos también la solución del problema; cuando lo aceptamos, tenemos más puntos para poder resolverlo». No se confundan, uno no debe aceptar el sufrimiento eterno para poder sobrevivir, vivir no debe convertirse en un via crucis aceptado voluntariamente, más bien lo contrario: «Se trata, pues, de aceptar el sufrimiento y dejarle un espacio. No dejar que se desborde y afecte a todas las áreas de nuestra vida, hemos de ponerle unos límites e intentar disfrutar el resto de cosas que nos ofrece la vida». Sólo así, haciendo frente al temido sufrimiento, podremos vencerlo. Paradójicamente, cuando uno teme ser dominado por el sufrimiento y su empeño sólo consiste en evitarlo, acaba sucumbiendo ante él: «Nos construimos una vida 'segura' para evitar peligros y en realidad lo que evitamos es la vida...». Tampoco se trata de resignarse ante él en el momento en que decidimos aceptarlo, más bien adoptamos la actitud de querer hacerle frente pero debemos ser conscientes de que todas aquellas conductas encaminadas a evitarlo nos harán vivir junto a él indefinidamente: «Cuando se habla de aceptar el sufrimiento, lo relacionamos con 'resignación'. Y no, no tiene nada que ver 'aceptación' con 'resignación'. Solemos asociar la resignación con no hacer nada porque no se puede cambiar. En cambio, cuando aceptamos el sufrimiento, cuando somos capaces de mirarlo a la cara, en lugar de evitar lo que nos preocupa porque no queremos sufrir, nos arremangamos y empezamos a actuar para solucionarlo». A partir de este momento, sólo queda el compromiso, por parte de cada uno de nosotros de darle la bienvenida cuando aparezca, a condición de que su estancia sea temporal y encaminada a su marcha. Recuerdo en este momento las sabias palabras de mi gran amigo y colega Antoni Bolinches cuando afirmaba que si aprendes de lo que sufres, dejarás de sufrir. Háganle caso, solía insistirme en aquello de no hay crecimiento sin sufrimiento. Y desde aquí se lo agradezco enormemente.