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10.06.09 -

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Papi y mami
J. IBARROLA
Ante todo disculpen tanta cursilería tras la resaca postelectoral y los tiempos que corren pero entiendan que el título me viene como anillo al dedo para la temática que hoy quiero compartir con ustedes. Me gustaría hablar de lo que sucede con la pareja cuando asumen la responsabilidad de la paternidad y los niños entran en casa. Ese cambio de rol, el pasar de ser la pareja de a el padre o la madre de, lejos de constituirse como un rol complementario, pasa a ser rol excluyente, de manera que se olvida la pareja en beneficio del cuidado de los hijos y, con ello, desgraciadamente, aparecen los problemas y las crisis.
No se confundan, centrar la atención en la educación de los hijos no es ni muchísimo menos negativo, el problema aparece cuando se hace en detrimento del cuidado de la pareja. Los inconvenientes surgen cuando las obligaciones inherentes al hecho de ser padres constituyen un pretexto perfecto para abandonar la relación. Desaparece la intimidad que antes compartían, les falta encontrar tiempo para poder estar solos, cada uno de ellos se siente menos importante, provocando un sentimiento de soledad y exclusividad emocional centrado en el cuidado de los niños y, a la larga, la sensación de vacío entre ambos miembros de la pareja desemboca en un distanciamiento que repercute negativamente sobre su relación amorosa. Es cierto que el tiempo que se dedica a la pareja, en términos cuantitativos, se ve drásticamente reducido cuando ambos deciden formar una familia, pero no es menos cierto que la menor cantidad de tiempo de la que se dispone debe convertirse en una mayor calidad del tiempo que se pasa juntos. El problema es que las necesidades que cada uno de ellos tenía como pareja han dejado de satisfacerse para poder atender las necesidades que reclaman los hijos.
Mi gran amigo y colega Antoni Bolinches hace referencia en su libro Amor al segundo intento, al tema de la pareja como padres como una de las dificultades que surgen en la relación ya que, según sus propias palabras, «una vez la pareja está acoplada, el cambio más radical que debe aceptar y el que más repercute en la calidad de la relación es el de adquirir la categoría de progenitores. Ser padres, o más exactamente, actuar de forma que nos haga merecedores de ese título, es una de la funciones más complejas que el ser humano puede afrontar». Y añade con gran acierto: «Cuando la pareja celebra el primer cumpleaños de su hijo tiene un doble motivo para estar contenta, puesto que junto al aniversario está celebrando también, sabiéndolo o no, la superación de la difícil prueba que supone atender a las necesidades de un recién nacido». De manera que la pareja debe adoptarse a la nueva situación, debe poner a prueba la capacidad de negociación y su grado de madurez y todo ello sin olvidar las necesidades mutuas.
Una de las soluciones consiste en la verbalización, por parte de cada uno, de qué es lo que necesita o, sigue necesitando, en el seno de la pareja porque, al fin y al cabo, una pareja unida resultará beneficiosa para ambos y para sus hijos. Un acercamiento hacia el otro implica interesarse por lo qué éste desea dentro de la relación para poder neutralizar la frustración que surge al ver que los hijos han monopolizado los recursos emocionales, de atención y de cariño que antes se profesaban mutuamente. Poder disponer de alguien que, de manera puntual, se pueda hacer cargo de los niños para que la pareja pueda gozar de la intimidad de la que ya no disponen, sería una alternativa estupenda para recuperar lo perdido. Poder dedicar un momento diario (cuando los niños ya duerman o estén en el colegio y ambos coincidan en casa o fuera de ella) para charlar como solían hacer antes, para divertirse los dos solos y no centrar toda la atención en las necesidades de sus hijos, es un ejercicio que implica muy poca inversión de tiempo pero genera grandes beneficios a largo plazo para la estabilidad emocional del vínculo.
Sin duda alguna la experiencia de ser padres es maravillosa y, en numerosas ocasiones, es la prueba de la consolidación de una relación. Pero pasar de ser dos a tres no es tarea fácil si no se sabe invertir de manera adecuada los recursos, sin abandonar ninguna de las partes. Es por eso que la comunicación, en estos momentos, se convierte en la mejor herramienta para evitar discusiones y tensiones en una pareja que estrena una nueva etapa de su vida y debe adaptarse a ella. Ambos comparten una nueva responsabilidad pero también deben comprometerse a seguir cuidando la relación de la misma manera en que lo hacían antes de la aparición de los hijos. Esta es la garantía para que el vínculo no se desmorone. Decidan ser padres desde la madurez, no esperen madurar al tener hijos y aprovechen la oportunidad que brinda la paternidad para fortalecer su relación, no para destruirla porque como decía Arthur Schnitzler estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida. Y la paternidad es una buena oportunidad para hacerlo.
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