La felicidad reserva episodios mágicos a quienes no se rinden jamás. El Lucentum de Quintana regresa a la ACB a lo grande, ganando la Final a Cuatro y diciéndole adiós a una competición perra como pocas. Fin del destierro, comienza una nueva vida, una lejos de la espesura que gobierna esta liga clandestina que finalmente se ha rendido al mejor equipo de la competición de manera justa.
Empezar bien era una obligación, la consigna necesaria para cimentar un ascenso que el destino le debía a una ciudad con derecho de piso en la élite del baloncesto. Al ritmo que marcaba Guillermo Rejón, los alicantinos fueron abriendo brecha hasta cerrar el primer acto con un esperanzador 25-14 que dejaba claro las sensaciones que transmitían unos y otros.
La dirección de Llompart resultó capital para encarrilar el que debía de ser el encuentro definitivo. El acierto en el tiro exterior condujo a los hombres de Quintana a su máxima renta en el primer tiempo (31-14). El camino parecía plácido. El capitán, con 18 puntos al descanso, suplantó a Martynas en el poste bajo, acribillado a faltas por los colegiados. Todo funcionaba a pesar de los esfuerzos de Melilla, que empezaba a padecer en sus muñecas el recuerdo devastador de las dos palizas sufridas en el CT.
El único lunar, los tiros libres. Siete errados antes del descanso: 44-33, y todo por decidir. Restaban sólo 20 minutos. El paso por el vestuario valió para tomar aire, apretar los dientes y repartir los roles definitivos que iban a resucitar la historia desangrada en Cáceres.
Hill, el escolta que vino de Chicago para dejar claro, como su presidente, que sí, que podemos, se ajustó las botas y despegó. Un parcial enteramente suyo de 8-0 pareció sentenciar el choque. Pero no, porque como le ha enseñado el deporte a esta ciudad, no existe éxito exento de sufrimiento. Ciorciari fue el primero en golpear. Cazorla, sin aliento tras destrozar a Melilla desde el perímetro y vaciarse en la defensa de Cuthbert Victor, el MVP de Olmos, provocó su primera falta para solicitar el cambio. Lección magistral.
Sin él sobre el parqué, con Berni muy por debajo de su nivel y con Martynas condenado al banco por las faltas, el conjunto de la ciudad autónoma asumió su cota de protagonismo en la final. Con diez puntos de renta a favor de los alicantinos entró el pulso en la cuenta atrás. La gloria estaba ahora a sólo 10 minutos.
Aparecieron los nervios, perdonar en el deporte suele condenar, cuando menos, al sufrimiento. Y hubo de verdad. Más de seis minutos estuvo el Lucentum sin perforar el aro en jugada. De uno en uno, y desde el 4,70. Otros 7 libres fallados en la segunda mitad. Mala pinta, miedo escénico, Melilla de menos a más y la distancia, que llegó a ser de 19 puntos, se quedó en dos a minuto y medio del final.
Hill pidió la bola, había llegado su hora. Un bote, dos botes... por aquí, no; mejor por allá, bloqueo de Rejón, la posesión que se agota, se levanta el norteamericano, parábola infinita, este hombre está loco y... ra-ta-ta-ta-ta. Ascenso matemático e invasión de pista. El banquillo explota, Melilla se ahoga y fiesta en la orilla con traca final. Kyle hizo el sueño realidad. Va por ti, Alenda, va por la ciudad.