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27.05.09 -

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Sayonara, baby
J. IBARROLA
Cuando el amor se acaba, suele ser uno de los dos miembros el que decide poner fin a la historia y al otro no le queda más remedio que aceptar con resignación una realidad que no quiere vivir pero que, de una manera u otra, debe acatar de manera casi impuesta. De nada sirve retener a quien ya no ama. Yo siempre suelo decir, que en caso de que haya posibilidad de producirse una reconciliación o se quiera recuperar a la persona amada, si alguien decide abandonarte aunque no sea lo que tú quieres, paradójicamente debes dejarlo marchar. Son muchas las personas que acuden a las consultas de los psicólogos para poder superar una separación porque los propios recursos o ciertas actitudes disfuncionales entorpecen el proceso de recuperación y de adaptación a la realidad. Las cuestiones que atienden al corazón difícilmente pueden guiarse por la razón pero también es cierto que las emociones, mal llevadas, dificultan enormemente el poder rehacer la vida y refuerzan y fortalecen el temido enganche emocional que impide que la separación pueda llevarse con normalidad, a pesar de ser dolorosa, para el que debe renunciar a quien sigue queriendo porque éste ha dejado de amarle.
Las desavenencias de pareja en la convivencia, la discrepancia en los valores, la evolución distónica de cada uno de los miembros y la incidencia de la legalización del divorcio parecen ser algunas de las causas que facilitan que una pareja decida separarse finalmente. La dificultad para poder solucionar los problemas y el estancamiento en dinámicas destructivas acaban en el temido desamor, antesala del fracaso en la vida de pareja.
La separación es una experiencia vital traumática, tanto para quien decide poner fin como para quien debe resignarse a aceptarlo. Implica pasar por un proceso de duelo ante la pérdida de un ser querido y, en el caso de quien no quiere terminar con el vínculo, las dificultades psicológicas se unen a todo el doloroso y fatigoso componente jurídico y económico que acompaña a la disolución de la relación. Se alientan los miedos y los temores, fruto de la inseguridad producida por la pérdida de un pilar emocional importante en su vida, y se desencadenan una serie de conductas improductivas y dolorosas que sumen a la persona afectada en un auténtico clavario emocional.
Entre las actitudes más destructivas se encuentra la dependencia o enganche emocional que boicotea el proceso de superación de la pérdida ya que la persona se niega a aceptar que quien ha compartido su vida durante un tiempo determinado haya decidido iniciar un nuevo rumbo sin contar con ella. En este sentido, uno de los principales objetivos es la consecución del desenganche emocional para que se aprenda a dejar de amar a quien ha significado tanto para uno. Como bien afirman las psicólogas Carmen Serrat-Valera y Miren Larrazábal, autoras de Adiós Corazón (Alianza Editorial), dejar de amar es un doloroso proceso. Pero de la misma manera que hemos aprendido a amar podemos aprender a olvidar ese amor. Ésta es la premisa básica para una superación productiva y adaptativa.
Es importante que la persona se aleje de todo aquello que le recuerda su relación anterior, que frecuente nuevos ambientes, que se abra a nuevas experiencias, que recupere aficiones que dejó abandonadas en el cajón de los recuerdos y que no se aferre a creencias erróneas como pensar que con el tiempo las cosas se arreglarán o que, por el contrario, nunca llegará a encontrar a nadie a quien pueda querer tanto ya que, lejos de fomentar la superación del trago y la asunción de cierta independencia personal, la anclan al pasado sin posibilidad de proyectarse hacia el futuro de manera positiva. Quizá no todo acabe con la separación, sino que más bien puede llegar a convertirse en el inicio de algo, cuanto menos, diferente, nuevo e interesante. No en vano, suele decirse que cuando se cierra una puerta, suele abrirse otra. Es hora de cerrar un capítulo e iniciar uno nuevo, ya se sabe que en cuestiones de amor, en ocasiones, nada dura eternamente porque como decía Tirso de Molina: por lo que tiene de fuego, suele apagarse el amor. Pero pueden prender una nueva hoguera, si lo desean.

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