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20.05.09 -

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A medio camino entre la literatura y la psicoterapia nos encontramos con el poder de la palabra sobre el estado psicológico de cada uno de nosotros, a través de los cuentos. Nunca fue tan cierto aquello de que las cosas, según se digan, tienen efectos distintos y está comprobado que un cuento, con ciertas características, puede ayudarnos a hacernos sentir mejor (no sólo por el placer de leer, que ya es todo un mundo) sino por los efectos terapéuticos que las líneas que leemos tienen sobre nuestra persona. Desde hace muchas décadas, en el campo de la psicoterapia se ha comprobado el poder curativo de la palabra. Nadie duda de la satisfacción y liberación que produce hablar sobre todo aquello que más nos inquieta o perturba; cuando uno habla sobre las propias experiencias negativas es como si, de una manera u otra, éstas disminuyeran la influencia negativa sobre nosotros. Quizá no desaparezca el problema pero sí que nos sentimos mucho mejor. Cada vez que se habla de ello, se revive en cierto modo, y la experiencia de compartirlo con alguien y verbalizarlo actúa catárticamente sobre nosotros, liberándonos de cierto pesar. De este modo ya no ponemos en duda que la palabra alivia, la cuestión es ver si realmente cura y por qué lo hace. Hemos hablado de la liberación que produce la palabra hablada, veamos ahora qué efectos puede tener sobre nosotros la palabra escrita.
Durante los últimos años, los estantes de las librerías se han ido llenando de los llamados cuentos terapéuticos, tanto para niños como para adultos. En ellos, se plantea casi siempre una situación conflictiva que, finalmente, se resuelve de manera positiva. Al leerlo, la persona ve una posible resolución para sus conflictos actuales y se activa en ella la motivación proactiva necesaria para ponerse en marcha y resolver sus propios conflictos. De manera simbólica, el individuo ve una oportunidad en él mismo, a través de la identificación con los protagonistas del relato. Es justamente esta perspectiva, desde cierta distancia, la que le permite alejarse lo suficiente de su realidad (para poder valorarla de manera objetiva) sin perder la vista, a través de la identificación, de su propia problemática. De ahí que, en muchas ocasiones, sea altamente objetivo que sea el propio individuo que escriba su propio cuento. Que plasme en palabras sus propios conflictos siguiendo el esquema típico de toda narración de ficción: introducción, problema y solución. Es el esquema simple y eficaz para poder poner solución a lo que está perturbando psicológicamente a la persona. Vemos así que el poder terapéutico de la palabra actúa en cada una de sus manifestaciones: verbalmente, a través de la lectura y a través de la escritura. Justamente, la proximidad con la realidad vivida, nos aleja de la solución pues la implicación emocional es tan grande que, en la mayoría de ocasiones, nubla nuestra racionalidad. A través de la creación o de la lectura de un relato de ficción, lo suficientemente cercano a nosotros para poder identificarnos y lo necesariamente lejano para poder ganar objetividad, se consigue muchas veces llegar al final del túnel y ver con más claridad. Si leemos, simpatizamos con las vivencias del protagonista y si escribimos proyectamos nuestros deseos y necesidades en el personaje creado. Sea como sea, siempre nos implicamos. Uno maneja sus propias emociones cuando las proyecta sobre el personaje que genera y, aprende a verlas desde la distancia y evaluarlas sin subjetividad, cuando las ve manifestarse en quien protagoniza la narración. Así que si quieren sentirse mejor o incluso desean llegar a una resolución positiva de sus propios conflictos, hablen, lean y escriban. La liberación está garantizada. Es un buen ejercicio de memoria y de reorganización ya que, como decía François Mauriac, escribir es recordar, pero leer también.
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