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13.05.09 -

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Asesinos natos
J. IBARROLA
Hace unos días, viendo la televisión, me quedé totalmente enganchada al programa de Eduardo Punset por el tema que estaban abordando (nada raro en mí, me confieso punsetadicta). El invitado en esta ocasión era David Buss (profesor de Psicología en la Universidad norteamericana de Texas). El objeto de la entrevista era intentar responder a una serie de preguntas interesantísimas, a fin de recabar información sobre los estudios realizados por Buss, donde se intentaba dar respuestas (todavía más interesantes) a cuestiones como: ¿Llevamos los humanos un instinto asesino en nuestro interior? ¿Somos la única especie capaz de asesinar a miembros congéneres? El psicólogo evolutivo ha estado trabajando e investigando en el ámbito de la respuesta homicida humana y sus estudios han originado inquietantes hipótesis y hallazgos.
La primera cuestión realizada en la entrevista ya nos adentra de lleno en nuestro propio lado oscuro al formular Punset si hemos sentido alguna vez el deseo de asesinar a alguien. Supuestamente, en promedio, se calcula que más del 90% de los hombres y un 84% de las mujeres han contemplado al menos una vez en su vida la posibilidad de cometer un asesinato. Es curioso oír como Buss explica las razones fundamentales por las que los hombres suelen matar a las mujeres, visto desde la teoría evolucionista. Argumenta que existen dos razones básicas: cuando la mujer le es infiel y cuando la mujer le deja definitivamente. En el primer caso, si la mujer es infiel, pone en peligro la seguridad de su paternidad, ya que no puede asegurar que, en caso de producirse un embarazo, el haya sido el único responsable; de manera que matándola evita el posible error. En el segundo de los casos, cuando la mujer le abandona definitivamente, ya no es una decisión puntual, como la infidelidad, sino que es ella la que se queda con un recurso reproductivo de manera que matarla tienen un sentido adaptativo. Es mucho peor en el segundo de los casos, ya que, como estrategia, el hombre puede competir con su rival en el caso de la infidelidad, pero en el caso del abandono definitivo es la mujer la que se queda con el recurso reproductivo, de manera que le hace pagar el mayor de los precios para privarla de dicho recurso: la muerte. No deja de ser inquietante y escalofriante, por otro lado, los datos que arrojan las estadísticas cuando informan sobre las cifras de asesinatos producidos por mujeres: el 65% de los infanticidios los comete la madre. Parece ser que las motivaciones que llevan a matar, según el género, obedecen más a un instinto primitivo y hostil en el caso de los hombres y a una cuestión más cerebral, por interés o por venganza en el caso de las mujeres.
A través de la Teoría de la Respuesta Homicida, Buss plantea que a veces es ventajoso matar, que de hecho se mata para poder sobrevivir y el asesinato se convierte así en una mera estrategia de supervivencia. De hecho, el homicidio (en sus propias palabras) es un comportamiento común en el reino animal. El ser humano no es la única especie que mata a sus propios miembros. Se ha constatado el asesinato entre otras especies para asegurar la pervivencia de los propios genes. Si un animal mata a un congénere suyo, se asegura su descendencia y elimina a los posibles rivales que puedan sustituirle en la función reproductiva con otra hembra. Buss plantea, desde su teoría, que el asesinato es tanto una estrategia de supervivencia como una estrategia reproductiva. De todas maneras, según sus propia palabras, las culturas modernas occidentales (incluida la norteamericana) muestra unos índices de criminalidad bastante inferiores a los presentes en las sociedades tradicionales, de manera que el lado positivo de todo ello es que a medida que pasa el tiempo parece que somos menos agresivos. De hecho, en la época actual parece ser que el matar no es una buena estrategia, a diferencia de distintas épocas en la evolución, donde a falta de ciertos recursos, la única solución a los conflictos surgidos con los demás era su propia eliminación.
No sé si les habrán puesto los pelos de punta tanto como a mí al leer ciertos datos, no en vano, para intentar neutralizar dicha sensación no puedo menos que acordarme, a modo de consuelo, de las maravillosas palabras de Martin Luther King cuando afirmaba: «El hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro». Bendita evolución.
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