En más de una ocasión hemos hablado del amor, desde el punto de vista neuroquímico hasta el punto de vista psicológico, así como de las dinámicas que se establecen en las personas enamoradas y en las que ya no lo están tanto o han dejado de estarlo. Todo ello que hace de esta emoción y, concretamente, de su búsqueda, una auténtica cruzada en busca del santo grial. Son pocos los que se resisten a él, voluntariamente o no, y son muchos los que sienten en sus propias carnes las mejores (y peores) consecuencias. Lo que nunca nos habíamos planteado hasta ahora es que algo tan preciado y apreciado se puede deber a una cuestión de olfato. Puede que nuestra nariz (un órgano muy poco romántico, la verdad) tenga mucho que decir en todo esto.
Las flechas de Cupido, en esta ocasión, no son más que unas sustancias llamadas feromonas que entran en juego cuando se produce la atracción entre dos personas. Son unas sustancias secretadas por el individuo que juegan un papel muy importante en el proceso del enamoramiento. No en vano, etimológicamente hablando, el término proviene del griego y significa nada más y nada menos que llevo excitación. Lo curioso es que las feromonas son inodoras por lo que era todo un misterio cómo se detectaban. Hace unas décadas se resolvió el misterio cuando un anatomista, el doctor David L. Berliner, de la Universidad de Utah (Estados Unidos) observó una pequeña zona en el interior de la nariz llamada órgano vomeronasal, funcionando como receptor completamente separado del sentido del olfato (siglos atrás se creía una estructura completamente inútil y primitiva, sin funcionalidad) y directamente conectado a una estructura cerebral llamada hipotálamo que se encarga, entre otras cosas, de controlar las motivaciones básicas como la sexualidad.
En la década de los 80, de manos de la doctora Winnifred B. Cutler, de la Universidad de Pensilvania (Estados Unidos), se descubre cómo los seres humanos cuentan con un sistema químico de comunicación sexual, tal y como ocurría en el mundo animal. Las conclusiones se obtuvieron como resultado de unos estudios donde tanto hombres como mujeres eran expuestos a feromonas generadas por las glándulas apocrinas (conjunto de células responsables de la producción de sudor, situadas en las axilas y alrededor de los órganos genitales). Se concluyó que éstas tenían un papel fundamental dentro de las relaciones sexuales a través de sorprendentes resultados que ponían de manifiesto su efecto sobre la libido. Parece ser que el atractivo de ciertas personas (presentadas en forma de fotografías en diapositivas) aumentaba cuando se rociaban feromonas en el ambiente.
De manera que estas sustancias tienen unos efectos notables sobre las personas. Estudios posteriores han constatado diversos hechos: hombres que utilizaban loción de hormonas durante ocho días comentaron haber recibidos más muestras de afecto así como un incremento de la frecuencia sexual con sus parejas. También se ha constatado que las mujeres que tienen unos períodos menstruales irregulares consiguen regularizarlos tras oler feromonas presentes en el sudor, las hormonas y otros fluidos naturales procedentes de los hombres. La frecuencia sexual semanal parece incrementar al máximo la producción bioquímica femenina, de manera que las mujeres con una elevada frecuencia en sus contactos sexuales suelen ser más fértiles y disminuyen los efectos secundarios propios de la menopausia.
Ante todo este panorama de atracción y frecuencia sexual se estarán preguntando cómo producir esta apreciada sustancia. Siento decirles que no es tan fácil como ir a la perfumería y escoger una fragancia (por cierto, tengan en cuenta que el uso prolongado y constante de perfumes artificiales camufla a las feromonas y disminuye sus efectos) pero sí que puedo alentarles si les digo que, por lo visto, se puede hacer algo al respecto: mantengan una vida sexual constante, la práctica del sexo oral parece tener algo que decir, practicar ejercicio para activar las glándulas apocrinas, así como evitar el uso de perfumes y desodorantes demasiado fuertes. Conviértanse en perfumistas naturales y dejen que la naturaleza haga todo lo demás, pero pongan algo de su parte, obviamente. Lo decía Alfredo de Musset cuando afirmaba que hay gentes que piensan que el amor no es sino una especie de perfume; cierto que la flor que lo exhala es la más bella de la creación.