En estos tiempos que corren que no se habla de otra cosa que de crisis y recesión se está reinstalando el miedo y la sumisión en las relaciones humanas. Eso es así hasta el punto de que hay en la empresa privada menos problemas en personal con las bajas comunes y menos accidentes laborales, aparte que al jefe se le saluda más y todo ello es por temor a ser despedido el primero. El acoso laboral, de momento se ha difuminado entre el revoltijo de problemas económicos, pues no sabe el acosador si será también un miembro más de la cola del paro junto a los que le amargaba la existencia. Digamos que la crisis lima asperezas en el mundo de la empresa privada y eleva la productividad, no así en el mundo de la función pública.
En este sentido, los cuadros de mando, los responsables y hasta lo compis se lanzan al tenebroso campo del acoso laboral si ven que siguiendo la corriente del acosador les puede llevar a obtener beneficio. Unos contra otros o todos contra uno en una batalla por ganar la ansiada situación de desequilibrio de poder.
A los sindicatos no hay quien se arrime a contarle estas cosas. Los sindicalistas, verdaderos guardianes del equilibrio, están ocupados en acallar otros sinsabores por lo tanto, la mala gestión de personal se está instalando en la función pública donde no hay despidos, ni paro, ni indemnizaciones. Pero tiene otras desgracias. Toca aguantar el chaparrón propiciado por las estratagemas trazadas por el jefe acosador de la tribu que planifica la eliminación como persona de aquel que estorba en sus malintencionados planes. Los acosadores ponen en marcha esta maquinaria sicopática demoledora por distintas razones, entre las que se destacan los celos y la envidia profesional centrada en la amenaza que supone la potencialidad y brillantez profesional que amenaza a la del acosador, encelándose cada vez más en su victima si esta se amaga. Por lo tanto, en las sociedades altamente industrializadas como la nuestra, el lugar de trabajo es el único campo de batalla que queda, donde la gente puede matar a otro sin correr el riesgo de enfrentarse a los tribunales.
Esta última afirmación no es mía sino del profesor Heinz Leyman experto en el análisis de las organizaciones, en sus interrelaciones y sus desequilibrios de poder. La psiquiatra francesa Marie-France Irigoyen también hace hincapié en el esfuerzo del hostigador en deteriorar la propia organización para presentarse como Redentor una vez conseguido sus objetivos de eliminación de la personalidad grupal que toda organización necesita para subsistir. Estos hostigadores, perversos narcisistas de egocentrismo extremo, tienen una falta total de empatía con los demás y un gran deseo de poder por lo que se convierten en temidos terroristas laborales que en determinadas circunstancias y aprovechando coyunturalmente un desequilibrio de fuerzas, aspiran al poder político.
Hoy en día el agente James Bond ya no podría sentirse a gusto de ser buen funcionario público al detener a peligrosos delincuentes internacionales. Su jefe solo estaría pendiente de tonterías, hostigándole en todo momento con memeces propias de un experto en mobbing. Tampoco podría ir a la barra y decir al barman eso de «agitado, no mezclado Frank». Estaría bebiendo de servicio y sería sacrificado por ello junto a su excelente hoja de servicios. Pero lo que hace fracasar los ataques de los terroristas laborales a modo de antídoto es que se pasen ustedes esas embestidas por la coyuntura de sus pantalones reglamentarios, una y otra vez. Los malos no siempre ganan.