Como todos los martes, pasé a saludar a mi acordeonista rumano que toca en Teodomiro. Tenía la cachimba casi vacía, apenas tres o cuatro euros. Me dijo, a su manera, si tenía trabajo para él, y le contesté que la cosa estaba mal por la crisis, pero que vería si podía hacer algo. Con esta lejanísima esperanza me despidió con una sonrisa, dándome las gracias y una frase que me atravesó: ¡Dios le bendiga, Alberto! Dándole vueltas al tema, seguí por la glorieta Severo Ochoa y oí la campanica del asilo. Enseguida me vino a la mente una visita que mi hija Ana, cuando tenía diez años, hizo al Asilo de los Desamparados, para llevar a los ancianos algunos regalos.
El caso es que vino a la casa llorando con una amargura... Abrazada a su madre preguntaba por qué esos viajecitos estaban allí, solos. ¿Dónde estaban sus hijos?¿Y sus nietos? Mi mujer con ternura le explicó el porqué, a veces, la vida no es justa con las personas. Al asilo van personas que no tienen a nadie en la vida, no tienen familia. Otras veces, sus hijos no pueden cuidarlos, y otras tantas sus familiares no quieren cuidarles, por lo que los llevan a este tipo de lugares. Pero que no se preocupara, que las monjitas del asilo les cuidaban muy bien y estaban muy bien atendidos. Dios los bendecía y velaba por ellos de esa manera.
Recordando todos esto pensé en los rumores que hay en Orihuela sobre el Asilo. Unos hablan que faltan monjitas; otros, que no pueden mantener la institución; que si tienen que devolver unos terrenos que no eran suyos; que si la Provincial de la Orden no ha sido recibida por la Regidora... Como resultado final, este centro de 126 años de historia va a desaparecer. Sea cual sea la verdad, no quiero ser mal pensado, pero según lo visto me huelo otro pelotazo urbanístico. ¿Cuál será el próximo? ¿El Casino? El tiempo lo dirá.
Con lo bien equipada que está Orihuela ya veremos a dónde van a parar nuestros ancianos, sobre todo aquellos cuya pensión se traga Iberdrola en un solo recibo. Y es que no recordamos que algunos de nuestros mayores tiene una pensión irrisoria. Si es verdad que está el centro de Redován, pero no caben todos los que son.
El Ayuntamiento está facilitando el traslado de los viejecitos a Caravaca. Estos pobres van como muebles viejos y cada vez, los van apartando más. Desde aquí, y aunque quizá no se entere, quiero despedirme de mi amigo Rodolfo, un interno del asilo que lleva el pelo como Rafael Alberti. Hacía los recados a las monjas y, de vez en cuando, se tomaba un café y repasaba el periódico. ¡Qué será de él! A su edad cambiar de entorno.
Por eso que, si yo fuera rico, mi amigo el de el acordeón tendría trabajo, los viejecitos del asilo no tendrían que irse de esta ciudad, cada día más internacionalizada y más deshumanizada por estos políticos esperpénticos que sólo saben buscar de dónde sacar perras para malgastarlas. Pero como no soy rico, dedico este artículo como humilde homenaje a los ancianos de nuestro asilo ¡Que Dios los bendiga! Y a los que consienten que ocurran estas cosas ya los veré desfilar, con sus mejores galas, rostro sombrío y el empaque del cargo, detrás del Cristo Yacente. ¡Qué fervor! ¡Cuánta hipocresía!