Una de las quejas más frecuentes de las parejas que acuden a mi consulta para tratar sus problemas de pareja gira alrededor del sexo, sobre todo alrededor de la falta de tiempo para practicarlo, aludiendo que el ritmo de la vida diaria impide encontrar un momento para poder disfrutar íntimamente con la pareja. Muchos de ellos me comentan que, a pesar del estrés acumulado durante la semana y las obligaciones impuestas, consideran que una vida sexual activa es importante y reconfortante, tanto para el bienestar personal como para el fortalecimiento del vínculo afectivo y emocional con su pareja, por lo que deciden concederle a los asuntos de alcoba un día a la semana, preferentemente durante el fin de semana. Convierten el sexo en un asunto más en su agenda. De este modo, sin saberlo, están sucumbiendo a una obligación más de las que tanto se quejan durante el resto de la semana y la actividad sexual se convierte en poco más que una tarea. Mejor eso que nada, comentan, pero justamente eso puede estar minando el deseo de manera progresiva, porque algo que se rige por el principio del placer no debe hacerlo por el principio del deber. El venga cariño, que hoy toca se convierte poco a poco en el título de un auténtico drama.
Suelo recomendar a la mayoría de gente que se queja por la falta de tiempo (no solo para el sexo, sino para aquellos que se olvidan de dedicar al menos unos minutos diarios a su propio bienestar) que se dediquen a registrar durante toda una semana la cantidad de minutos (que luego se convierten en horas) invertidos en acciones que ellos mismos bautizan como perder el tiempo o no hacer nada. Las caras de sorpresa, tras comprobar que durante la semana pierden una media de cuatro o cinco horas en actividades totalmente rellena tiempo, tales como ver la televisión o sentarse a navegar sin ningún propósito concreto frente al ordenador, suelen ser bastante frecuentes. Es entonces cuando vuelvo a formular si la queja de baja actividad y frecuencia sexual se debe a la falta de tiempo y la gran mayoría debe admitir que no.
La frecuencia sexual viene regulada por el deseo previo. Teniendo en cuenta que el deseo surge en determinadas circunstancias y condiciones, suele ser bastante lógico y comprensible que si se acota en tiempo y en espacio, uno se obliga a sentir deseo cuando debe, no cuando realmente quiere, algo que puede provocar la consumación cuando no hay ganas. El organismo tiende a extinguir aquellas conductas que no nos gustan o que nos provocan displacer, si el sexo se convierte en obligación vulnera dos de las reglas fundamentales: mantener relaciones sexuales siempre desde el deseo previo y no hacer cosas que no queramos hacer. Con el tiempo, es peor el remedio que la enfermedad: la propuesta sexual semanal provoca la vulneración del primer principio y a la larga el deseo va inhibiéndose, cumpliéndose así el segundo.
No se trata de buscar un momento para poder practicarlo sino de tener la actitud de disponer de tiempo libre, incluso durante la semana, para que pueda surgir el momento. Perderse la serie de los martes o mirar el correo electrónico a primera hora de la mañana pueden salvar la papeleta en más de una ocasión pues el tiempo invertido durante las noches de la semana en realizar este tipo de actividades pueden estar quitando tiempo. Como en muchas otras cosas en la vida, es cuestión de prioridades: si importa más cumplir a rajatabla el dormir ocho horas diarias o no perderse la programación nocturna de la televisión, poco a poco y sin darse cuenta uno le va restando importancia a la actividad sexual, pero luego se queja de la poca frecuencia sexual en el seno de su pareja. ¿O acaso tarda usted lo mismo en levantarse del sofá para lavar los platos del fregadero (deber) que para picar una onza de chocolate (placer)?
No se quejen de la falta de tiempo, simplemente aprendan a gestionarlo y, si consideran que su agenda está llena de obligaciones, oblíguense a dedicarle más tiempo a lo que realmente quieren hacer. Equilibren la balanza y se quejarán menos. Como decía el sabio Platón, «el hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio».
Funciona, lo prometo.