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11.03.09 -

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Se nos ha enseñado desde pequeños que gozamos de cinco sentidos que posibilitan nuestra adaptación al medio. Cada uno de ellos tiene su importancia a la hora de poder llevar a cabo cada una de las actividades que requiere nuestro organismo. La filogenia de cada especie (determinación de la historia evolutiva de los organismos) ha ido enfatizando unos u otros en función de cada una de las necesidades marcadas por un grupo determinado. Esta evolución ha permitido que cada ser vivo se haya adaptado a su propio hábitat. En este sentido, el éxito evolutivo ha estado marcado por el buen o mal uso de estos mecanismos sensoriales.
El caso excepcional lo constituye el ser humano, ya que va más allá de una mera utilización sensorial como intercambio de información entre el organismo y el entorno. Diríamos que el salto cualitativo lo ha establecido la capacidad de hacer de cada uno de los sentidos algo más que cinco mecanismos sensoriales, convirtiéndolos en fuente de placer al servicio de su propio bienestar y felicidad. El gusto nos permite saborear los mejores platos, nuestro olfato nos permite disfrutar del mejor de los perfumes, proporcionamos a nuestros ojos el placer de la observación de las mejores obras de arte, la música entra en contacto con nosotros a través de nuestros oídos y dejamos que nuestras manos se recreen al acariciar a quienes más queremos. A través de ellos conectamos directamente con el mundo de nuestras emociones y de nuestros sentimientos.
A pesar del uso diferenciado que hacemos de cada uno de los sentidos, también es cierto que los compartimos con muchas otras especies. Hay otros que, en cambio, son exclusivos de la raza humana: el sentido común, el sentido de la responsabilidad… y el sentido del humor. Propongo que este último (por la importancia que creo se merece) se constituya como el sexto sentido, de la misma relevancia que los otros cinco. Hagamos del humor un mecanismo de supervivencia que nos permita adaptarnos al medio.
Una sonrisa o una buena carcajada pueden llegar a convertirse en la mejor de las medicinas (de hecho, ya existen terapias que aportan innumerables beneficios a través de la risa). Deberíamos aprender a incorporar el humor en nuestras vidas como un elemento más de supervivencia, dejando que nos facilite la convivencia diaria con los demás y con nosotros mismos. Ciertamente, la vida no nos lo pone fácil en muchas ocasiones y en esos momentos nos dejamos llevar por la impotencia y la tristeza. Es por eso que la sonrisa constituye uno de los mejores bálsamos. Ahora bien, requiere un pequeño esfuerzo. No es necesario poner en funcionamiento de manera voluntaria alguno de los cinco sentidos restantes, pero hay que trabajar diariamente para poder desarrollar este sexto. Un buen inicio es el aprendizaje de la capacidad de poder reírse de uno mismo incluso en la peor de las situaciones. Intentar ver el lado positivo de todo cuanto nos ocurra, sin perder la noción de la importancia de los hechos o infravalorando su magnitud. No es cuestión de reírse de todo, sino de encontrar el punto de humor que nos pueda hacer sobrellevar mejor las cosas. Por alguna razón, Nietzsche llegó a afirmar que el hombre es el único animal que sufre tanto que ha tenido que inventar la risa. Sonrían, por favor.
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