¿Quién no recuerda aquello de yo soy yo y mi circunstancia? Entendiendo por circunstancia todo aquello que rodea al individuo y le acompaña a lo largo de su particular y personal viaje. Siempre se ha dicho que el hombre es un ser social, nace y muere en presencia de los demás aunque hay quien decide de manera voluntaria que estos preceptos no van con él: se constituye como ser egocéntrico (nada extraño, por otro lado, en nuestra sociedad). Por lo tanto, es totalmente factible (e incluso razonable) que haya personas cuyo origen y final del universo sean ellas mismas. Suelen pensar únicamente en sus propias necesidades sin tener en cuenta las de los demás. Quien defiende este estilo de vida suele ser la norma y no la excepción dentro del actual panorama. El problema que suscita toda esta cuestión es la universalización de este tipo de comportamiento. Si la tendencia es la que describimos nos veremos abocados sin remedio al camino de la incomprensión, la falta de empatía, la insolidaridad y el aislamiento personal.
Quien practica el culto a sí mismo siente la necesidad imperiosa de hacer girar el mundo (y de que éste gire) a su alrededor según las directrices marcadas por sus necesidades e intereses. A veces me pregunto si esta necesidad nace de la defensa del propio individuo ante las posibles amenazas y agresiones de un mundo (casi siempre hostil, para ellos) que pueda poner en peligro su propia integridad y seguridad. Podría ser, por otro lado, que esta necesidad de la que estamos hablando nazca de un narcisismo desmesurado que lo aísla de la realidad que lo rodea. Sea como sea, su credo empieza por frases del tipo yo quiero..., yo necesito..., yo deseo... siempre en modo imperativo, de manera que suele tener un discurso monótono y aburrido. Sin saberlo, es prisionero de él mismo, encerrado en su supuesta seguridad y retórica personal, pero, al fin y al cabo, privado voluntariamente de la libertad de poder compartir con los demás sus propios pensamientos, sentimientos y vivencias.
Siempre me gustó ese juego en el que te plantean la siguiente pregunta: ¿qué te llevarías a una isla desierta? La ventaja del ególatra es que le basta y le sobra con él mismo. Sería interesantísimo ponerlo en práctica y dejar que pudiera disfrutar una temporada de él mismo (no tiene nada de malo si una está dispuesto a iniciar una búsqueda interior, lo malo es cuando escoge esta opción por rechazo a estar con los demás). Al cabo de unos meses, volveríamos a la isla y le preguntaríamos qué tal ha sido su experiencia. No me cabe duda alguna que nos recibiría con la mejor de las sonrisas al ver de nuevo a otra persona y a la pregunta ¿qué te llevarías esta vez? Quizá nos respondería «alguien con quien compartir mi soledad». Quererse a uno mismo es una buena opción, idolatrarse hasta lo enfermizo puede ser una gran desgracia. No se pierdan por el camino porque, como decía Pío Baroja, cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta.