No nos vamos a engañar: el título parece de lo más sugestivo e interesante. ¿Quién no ha deseado en más de una ocasión poder tomarse un comprimido y borrar eficazmente alguna experiencia desagradable? Más allá de lo fantástico que pueda parecer, unos investigadores holandeses (Universidad de Amsterdam) prometen que el título del presente artículo se convierta en una realidad. Hace pocos días, la revista Nature Neuroscience publicó el estudio realizado por los mencionados científicos que, casi por casualidad, descubrieron que una píldora ya existente en el mercado (utilizada en el tratamiento de la hipertensión, cuyo principio activo es el propranolol) propiciaba la eliminación de malos recuerdos, siendo altamente efectiva, según los investigadores, en casos de estrés postraumático, comportamiento fóbico y trastornos de ansiedad.
El procedimiento experimental consistió en la selección de 60 sujetos voluntarios a los que se les mostraban imágenes de arañas al mismo tiempo que se les aplicaban pequeñas descargas eléctricas (para poder establecer un condicionamiento negativo que asociara el estímulo visual con la sensación desagradable de descarga). 24 horas después, 30 de estos sujetos fueron tratados con el fármaco beta bloqueante mientras que la otra mitad fue sometida a un tratamiento placebo (se les administra una pastilla sin ningún principio activo). Quienes tomaron propranolol estaban mucho más relajados que quienes habían recibido el placebo, ya que, según el doctor Merel Kindt, jefe de la investigación, «la interacción con esta pastilla causa una reducción de la respuesta al miedo».
Parece ser que la píldora en cuestión favorece el olvido de los recuerdos no deseados. En el momento en que la persona activa el recuerdo del episodio vital desagradable en cuestión, la administración del comprimido permite que su cerebro no consolide el recuerdo y acabe olvidándolo para siempre.
Lejos del avance científico que pueda suponer y que no creo que nadie ponga en duda, hay otras cuestiones que se abren a raíz del reciente descubrimiento. ¿Es tan positivo como parece borrar a golpe de un pastillazo lo que, por muy desagradable que nos pueda parecer, no es más que la verdadera experiencia vital? ¿No puede tener consecuencias negativas para el sujeto eliminar de manera radical sus malos recuerdos? Siempre he creído que del sufrimiento se aprende, que las malas experiencias no son más que la antesala del aprendizaje y que, al fin y al cabo, sólo se aprende de lo malo. Las personas aprendemos a través de nuestros errores. No creo que eliminar los malos recuerdos sea tan inofensivo como eliminar un quiste o una muela. Al fin y al cabo, la identidad del individuo es el resultado de todas sus vivencias: buenas y malas. Querer eliminar lo malo de nuestro cerebro podría generar más conflictos y problemas que el seguir dejándolos ahí. Más allá de la cuestiones éticas y morales aplicables a los resultados de dicha investigación, cabría plantearse incluso las posibles repercusiones sociales que tendría la administración de dicho fármaco con la finalidad planteada. En este sentido, Daniel Sokol, académico de ética Médica de la Universidad de Londres, ha llegado a manifestar: «Una complicación interesante sería que, por ejemplo, las víctimas de un hecho violento, en su intención de borrar los malos recuerdos, se vuelvan incapaces de aportar evidencias contra los culpables».
Si bien es cierto que millones de personas alrededor del mundo podrían obtener ciertos beneficios con la administración de este fármaco, no es menos cierto que el debate abierto alrededor de ciertas cuestiones que plantea dicha administración muestra que las repercusiones a largo plazo podrían llegar a ser devastadoras para el propio individuo que, de un modo u otro, no es más que el recuerdo y el aprendizaje de cada una de sus vivencias. Como decía George Sand, el recuerdo es el perfume del alma. No borremos muchas cosas, no nos vayamos a quedar sin esencia.