Es muy posible que aún cuando la raza humana haya desaparecido de la faz de la Tierra e incluso el mismo planeta ya no siga flotando en la gran centrifugadora llamada Universo, el Amor (en mayúsculas) siga existiendo. No les hablo sólo desde mi percepción personal que me lleva al convencimiento de que el amor es la mayor de las fuerzas existentes, sino que la búsqueda de la explicación al origen de todo cuanto nos rodea lleva a pensar que, de una manera u otra, debe haber algún proceso de enamoramiento por el cual las moléculas deciden abandonar la vida en solitario para poder complementarse y compenetrarse a través de la fusión con otras moléculas. ¿O acaso no es amor que dos moléculas de hidrógeno decidan unirse a otra de oxígeno para poder formar un nosotros llamado agua? No crean que es una explicación un tanto simplona y cursi de lo que al fin y al cabo es un puro proceso químico porque justamente química y amor pueden estar hablando de lo mismo. ¿Por qué nos enamoramos de ciertas personas? ¿Qué hace que nuestro corazón lata desenfrenadamente ante la simple evocación mental de la persona amada? Créanme, el Universo entero es la mejor de las historias de amor jamás contada y nosotros, como parte de él, somos sus verdaderos protagonistas.
No es fácil dar respuestas a ciertas preguntas y menos fácil resulta en esta ocasión dar explicación al proceso del enamoramiento. Todo parece indicar que nuestro Cupido actual debería llenarse los bolsillos de un buen cargamento de dopamina, para poder impregnar sus flechas con el susodicho neurotransmisor. Como les decía antes, todo nos parece indicar que el amor es pura química (eso si la química no es puro amor, según se mire).
La dopamina (también conocida con su nombre menos poético: C6H3(OH)2-CH2-CH2-NH2) es una hormona y un neurotransmisor. La dopamina tiene muchas funciones en el cerebro: comportamiento y cognición, actividad motora, motivación y recompensa, regulación de la producción de leche, sueño, humor, atención y aprendizaje y está directamente relacionada en la proporción de las sensaciones de plenitud, euforia y cambios de humor, constituyéndose de este modo como estimulante natural de nuestro organismo.
Diversos estudios han puesto de manifiesto que la activación de ciertas áreas cerebrales con la subsecuente descarga de neurotransmisores nos conduce a la maravillosa experiencia llamada amor. Helen Fisher, antropóloga norteamericana, ha dedicado varios años de su vida a la investigación de la neurobiología del amor. De sus trabajos se desprende que dos personas enamoradas muestran actividad en la llamada zona tegmental del cerebro (que produce dopamina, la fórmula mágica de nuestro querido Cupido) y en el núcleo caudado. Curiosamente, el área de la zona tegmental ventral en la que se encuentra este tipo de actividad se activa igualmente cuando alguien experimenta el conocido colocón provocado por el consumo de ciertas drogas como la cocaína. Sí amigos, el amor es pura droga. Si bien es cierto que ambas zonas se muestran activadas de igual manera en hombres que en mujeres, también es cierto que existen algunas diferencias: los primeros parecen mostrar más actividad en parte del lóbulo superior (asociado directamente a la integración de estímulos visuales) mientras que en las segundas entran en juego áreas que se relacionan directamente con la memoria y los recuerdos. En ambos casos se produce la conocida ceguera del enamorado que se esconde tras la famosísima afirmación de que el amor es ciego, pues ciertamente hay algunas áreas cerebrales relacionadas con el miedo que se desactivan en pleno proceso de enamoramiento, llevando a la persona a un estado de euforia donde uno no ve lo que no le gusta y acepta todo lo demás.
No me digan que tras toda esta descarga bioquímica cerebral no se encuentra una auténtica historia de amor. ¿O acaso no es mágico que todo este proceso se desencadene con ciertas personas y no con otras? Parecen esclarecerse las razones neurobiológicas que expliquen por qué está usted enamorado de su pareja pero no creo que se llegue a una explicación que pueda explicar tan claramente qué hizo que su cerebro se activara con él o con ella y no con otra persona. Ahí creo que Cupido sigue ganando la batalla a la ciencia y es que este angelito travieso decide cada día seguir disparando las flechas para que, de un modo u otro, sean la magia y el amor los que sigan explicando el perfecto origen y el final de todas las cosas. Como decía Ortega y Gasset, enamorarse es sentirse encantado por algo, y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección.