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04.02.09 -

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La caja de Pandora
J. IBARROLA
El otro día, hablando con uno de mis pacientes, salió a relucir el tema de la conveniencia y/o eficacia de la terapia psicológica (había pasado por la experiencia previa de dos terapias psicológicas sin resultado). Le pregunté sobre el número de sesiones que había mantenido con cada uno de los profesionales y acabó admitiendo, casi con cierta culpabilidad, que había dejado de acudir a todos ellos a partir de la tercera o cuarta sesión. A mi pregunta de a qué conclusión había llegado puesto que volvía a precisar de los servicios de un terapeuta a pesar de los dos intentos fallidos, me respondió: «Dejé de acudir a ellos en el momento en que abrieron la caja de los truenos. Esta vez he decidido desatar la tormenta para poder ver el sol después». Sus sabias palabras me hicieron recapacitar sobre las personas que, aún motivadas para poner solución a sus problemas personales, echan marcha atrás cuando se enfrentan con sus propios miedos porque los psicólogos, lejos de ser adivinos, sólo mostramos y ponemos sobre la mesa lo que la gente ya sabe o intuye pero no quiere escuchar, capacitándolos a través del entrenamiento en ciertas habilidades y herramientas, a coger las riendas de sus propias vidas y a hacer frente a sus problemas. Hacer frente a los propios temores es tarea de valientes y el paradójico miedo a los miedos se convierte en el peor de los enemigos.
Cada vez que alguien se adentra en un proceso de cambio psicológico, suelen desatarse en él más dudas que las que inicialmente le llevaron a la consulta, llegando a sentirse incluso peor durante las primeras sesiones, ya que hay ciertas cuestiones, no resueltas pero olvidadas, que se activan. Cuesta entender que se trata del primer paso hacia la solución de sus problemas. Todo proceso psicológico es lento, duro y difícil porque requiere de un gran esfuerzo y constancia para poder obtener resultados. A pesar de todo ello, la terapia psicológica ha resultado ser efectiva frente a la opción de no hacer nada y seguir viviendo (o sobreviviendo) con el sufrimiento. Así lo demuestran las distintas investigaciones que se han hecho al respecto.
En un estudio a gran escala realizado en Estados Unidos por el Consumer Reports (donde se le preguntaba a población que había recibido algún tipo de tratamiento psicológico), se llegó a la conclusión de que el 54% de los encuestados consideraba que la terapia les había ayudado mucho y el 36% confirmaban que les había ayudado algo. En nuestro país, a través de la encuesta de Berenguer y Quintanilla (1994), las personas encuestadas consideraban que la intervención del profesional de la psicología les había sido útil y eficaz (4,72 sobre 6); que aconsejarían a otras personas sus servicios (4,93 sobre 6) y que se solucionó el motivo de su consulta (4,59 sobre 6).
Posteriormente, en un estudio titulado Eficacia y utilidad de la terapia psicológica, publicado por Arturo Bados López, Eugeni García Grau y Adela Fusté Escolano (Universidad de Barcelona, 2002) se llegó a la conclusión de que la terapia psicológica es más eficaz que el no tratamiento para una amplia variedad de trastornos (si bien es cierto que entre el 65% y el 80% de los pacientes no acepta el tratamiento o lo abandona antes de la décima sesión).
Podríamos afirmar entonces, a falta de datos y criterios para poder evaluar eficazmente la eficacia de cada una de las distintas terapias psicológicas existentes en la actualidad, que la mayor causa del fracaso en todo proceso terapéutico suele ser el abandono por parte del paciente durante las primeras sesiones, ya que, en términos generales y satisfactorios, la mayoría de encuestados apuestan por la eficacia de los tratamientos.
Reconciliar la motivación para el cambio con los propios miedos es tarea del psicólogo, para poder operativizar toda esa energía inicial de manera constructiva y encauzarla a la solución de los conflictos. De manera que si han decidido poner punto final al sufrimiento, no teman abrir la temida caja de los truenos, ya que, como afirmaba mi paciente, tras la tormenta siempre viene la calma. Si dan ese paso ya han hecho lo más importante, porque, como decía Séneca, forma parte de la curación el deseo de ser curado. Lo demás déjenlo en manos del profesional.
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