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28.01.09 -

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Fuera de control
J. FERRERO
Perder los papeles suele ser bastante habitual cuando uno se siente herido, amenazado o ve peligrar su integridad. ¿Cuántas veces no se han dejado llevar por la furia y el genio y han permitido que esas emociones controlaran la situación? Si bien es cierto que emociones como la ira, la furia o el enfado las llevamos todos de fábrica, también es cierto que la capacidad de controlarse es algo que se puede aprender y adquirir si no nos dejamos llevar por ese torbellino que, de vez en cuando, nos agita. El término autocontrol, tantas veces utilizado en el contexto de la terapia psicológica, requiere de cierto entrenamiento y puesta en práctica. Es la capacidad de poder controlar nuestras emociones para que no nos desborden y nos hagan perder el control de la situación. Lo adquirimos cuando somos nosotros mismos los que controlamos nuestras propias acciones y nos hacemos cargo de las situaciones, por muy adversas que puedan parecer.
A la pregunta de por qué se suele perder el control, la respuesta puede encontrarse fácilmente en el desbordamiento psicológico que nos produce la percepción e interpretación de ciertas situaciones (sentirse humillado, amenazado o atacado desencadena, casi de manera instintiva, una respuesta defensiva que, a falta de mecanismos y estrategias asertivas, nos hace explotar). Si unimos a esta falta de habilidades para poder regularnos emocionalmente el sentimiento de humillación resultante de una situación ofensiva, tenemos los ingredientes esenciales para servir una buena ración de descontrol. Un ataque directo a nuestra persona unido a una deficiencia en el manejo de la situación, nos puede hacer estallar en cualquier momento. Algunos de ustedes creerán que si realmente alguien se toma la libertad de atacarles u ofenderles en un momento dado, ustedes tienen así mismo toda la libertad de poderse defender y, créanme, estoy de acuerdo con ello, pero las condiciones adecuadas para poder hacerlo no se generan cuando uno pierde los papeles. No confundan autocontrol con represión o restricción de una respuesta. Más bien al contrario, poder ejercer el control sobre sus emociones les permitirá poner en marcha comportamientos resolutivos sin dejarse llevar por la furia. ¿Y cómo se hace eso? No es nada fácil pero es del todo posible. En primer lugar, tómense todo el tiempo del mundo para autoobservarse de vez en cuando y poder establecer de este modo un mapa casi topográfico de cómo se comportan ante determinadas situaciones que puedan llegar a desbordarles. Conocerse a uno mismo es el primer paso para poderse mejorar. Si ya se encuentran en situación, detecten qué señales les ponen en alerta para poder analizar si el momento favorece o no una posible pérdida de control. En caso afirmativo, deténganse un momento a modo de tiempo muerto. Con esto pueden llegar a conseguir serenarse durante unos pocos segundos. Pregúntense qué es lo que les ha puesto furiosos y qué es lo que realmente quieren conseguir en ese momento (háganse preguntas del tipo «¿qué es lo más doloroso de esta situación?», «¿hay algo que me parezca injusto?», «¿cuáles son mis verdaderos sentimientos en este momento?», «¿qué importancia tiene todo esto para mí?», etc. A partir de este momento, emprendan acciones dirigidas a defenderse asertivamente: dejen claro a su ofensor qué les ha provocado el enfado, háganle saber que con su actitud se han sentido heridos y defiendan lo que consideren necesario. Todo ello sin dejar que sean sus emociones las que hablen por ustedes mismos. Si lo prueban, le puedo garantizar que se sentirán satisfechos con ustedes mismos ya que tendrán la sensación de que son quienes controlan las situaciones y no a la inversa. De esta manera, además, no se desautorizarán ante los demás (recuerden que quien pierde los papeles pierde todo argumento) y conseguirán liberar tensión de forma constructiva. Háganse dueños de sus propias emociones y olvídense de lamentos y arrepentimientos por no saber responder ante situaciones injustas de manera moderada, ya que, como decía Schopenhauer, la cólera no nos permite saber lo que hacemos y menos aún lo que decimos. No se dejen llevar tan fácilmente por ella.
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