Hay quien cree erróneamente que en cuestiones de sexo nuestro organismo ya viene preprogramado, de manera que se convierte en algo natural que, de una manera u otra, ya sabe lo que hay que hacer. A diferencia de algunos animales, nuestro comportamiento sexual no está gobernado únicamente por los instintos, sino que obedece a las directrices marcadas por la cultura o educación y la propia experiencia personal. En nuestro caso, el sexo no tiene una finalidad estrictamente reproductiva, por lo que añadimos variables como el placer o la satisfacción personal, quedando estrechamente vinculado a los sentimientos y a la afectividad. Ésta es la razón por la cual la sexualidad, en innumerables ocasiones, queda teñida de todas las connotaciones psicológicas subyacentes que pueden bloquear o inhibir el deseo y el desempeño sexuales.
Cuando los problemas o disfunciones sexuales hacen acto de presencia, se enciende el piloto de alarma en las parejas, ya que algo que supuestamente debería funcionar por sí solo empieza a fallar.
Los sexólogos hablamos de disfunción sexual cuando aparece una dificultad en cualquiera de las etapas del acto sexual. Éste vendría a ser el conjunto de pautas y comportamientos encaminados al coito. De las investigaciones de Masters y Johnsons (pioneros en el estudio de la respuesta sexual humana) se deriva la conceptualización de la respuesta sexual humana en etapas: excitación, meseta, orgasmo y resolución (teniendo en cuenta una variable previa que pueda desencadenar el proceso: el deseo sexual). En resumen y brevemente, la fase de excitación se caracteriza por la preparación fisiológica de los órganos sexuales y las zonas erógenas (lubrificación y ensanchamiento de la vagina y erección del pene, básicamente). La meseta se alcanza cuando el pene se halla en completa erección y la vagina está notablemente ensanchada y lubrificada. El orgasmo es el clímax que se desencadena tras las dos fases previas, provocando una serie de contracciones rítmicas que provocan la eyaculación en los hombres y la contracción de los músculos alrededor de la vagina, originando el orgasmo en las mujeres. Durante la fase de resolución, el organismo vuelve a su estado de reposo, donde normalmente los hombres pasan por un periodo refractario por el que precisan de más descanso para poder iniciar una nueva relación. Las disfunciones sexuales pueden aparecer en cualquiera de las etapas, incluso en el deseo sexual, en cuyo caso hablaríamos de inhibición del deseo sexual (IDS), siendo esta disfunción, normalmente, la menos sexual de todas las disfunciones, ya que en la mayoría de los casos hay que trabajar con las variables psicológicas inhibidoras y bloqueantes que subyacen a la disfunción. Las disfunciones sexuales más frecuentes en hombres se sitúan en las fases de excitación y meseta, ya sea por dificultades a la hora de conseguir una erección o bien por la dificultad de mantenerla (disfunción eréctil). Al mismo tiempo, suele producirse poco control eyaculatorio durante la fase de meseta que le conduce con demasiada rapidez al orgasmo (eyaculación precoz) o bien una duración excesiva de la misma etapa que conduce al agotamiento físico sin llegar al clímax (eyaculación retardada). Por otro lado, las disfunciones sexuales femeninas más frecuentes suelen darse en el deseo previo (la IDS que ya hemos mencionado), la fase de excitación y meseta (ausencia de lubrificación, dolor en la penetración, denominado dispareunia e imposibilidad de realizar la penetración por contracción muscular vaginal involuntaria o vaginismo) y la fase de orgasmo (anorgasmia o ausencia de clímax). Todas ellas tratables con terapia sexual y de buen pronóstico, sin olvidarnos del componente afectivo y emocional subyacente en toda pareja. Es por eso que si el piloto de alarma se enciende ante un problema estrictamente sexual, el pronóstico es mucho más satisfactorio que si se añaden conflictos de pareja o de dinámica convivencial, porque el sexo es sólo entonces la punta del iceberg, no el problema primario. Es por lo que decíamos al principio que la terapia sexual es tan efectiva, ya que, al ser un comportamiento más, todo es susceptible de reaprenderse, por lo que no es tan natural como pueda parecer de entrada. Si no por qué Bette Midler se preguntaba aquello de «si el sexo es un fenómeno tan natural, ¿cómo es que hay tantos libros sobre cómo hacerlo?»