Hace apenas unas horas que los Reyes Magos han regresado a Oriente para hacernos esperar otro año más. Seguramente este año no han sido tan generosos, no porque nos hayamos portado mal, sino porque probablemente la cartera no está tan llena como en años anteriores. Tras la alegría y el jolgorio navideños, nos toca ahora afrontar la temidísima cuesta de enero, echando mano de los recursos propios de la economía de guerra, no sólo a nivel de cifras, sino también psicológicamente hablando.
Los próximos 365 días, lejos de disipar los problemas propios del año que pasamos, agudizan la situación si no hemos puesto el remedio adecuado, de manera que con el año nuevo recuperamos viejas dinámicas. En el último artículo del año repasamos la tendencia a realizar nuevos propósitos y nuevos planes. También la pareja, en este sentido, se plantea sus objetivos y sus metas para mejorar la relación: ya sea para resolver los contenciosos pendientes, ya sea para llegar a metas comunes difíciles de alcanzar individualmente. Hay un tercer grupo de parejas cuyo paso inaugural en esta nueva andanza anual consiste en la petición de separación o divorcio. Los psicólogos que nos dedicamos a la terapia de pareja somos conocedores de la tendencia estadística a la alza en este tipo de cuestiones durante los meses de septiembre y de enero. Se espera el final de las vacaciones para poner punto final a la relación. En esta época, la mayoría de decisiones definitivas se toman tras el intento fallido de intentar armonizar las divergencias durante la época navideña que, lejos de constituir la conciliación y reconciliación para muchos, acaba convirtiéndose en un verdadero infierno. Si la pareja ya estaba en crisis, los compromisos navideños, las reuniones familiares y la gestión del gasto económico extra añadido no hacen más que incrementar los niveles de tensión y ansiedad que, en una pareja tocada, acaban por hundirla.
A todo esto, hay que añadir una variante significativa y novedosa, fruto de la situación económica actual: la crisis económica hace que las parejas separadas o con graves problemas de convivencia no resueltos deban seguir viviendo juntas ante la imposibilidad de sostener gastos. La dificultad económica no hace viable el mantenimiento de dos hogares y las parejas deciden, finalmente, seguir compartiendo techo a pesar de su situación personal. Esta convivencia forzada genera, sin duda alguna, otro tipo de problemas añadidos que pueden llegar a deteriorar enormemente la relación de ambos. De este modo, las parejas en crisis o separadas acaban convirtiéndose en individuos quemados y saturados psicológicamente. La separación física, como último recurso cuando los intentos de conciliación han fallado, se hace estrictamente necesaria en caso de crisis de pareja no resueltas, como período de trabajo individual y reflexión para poder encauzar la relación o detenerla definitivamente. La nueva situación imposibilita este periodo de trabajo psicológico, agravando cada vez más la situación. En caso de que, a pesar de todas las indicaciones, la pareja decida seguir conviviendo por cuestiones estrictamente económicas, se hace necesaria la intervención de un profesional para que pueda mediar objetivamente, para que establezca unas bases de un contrato conductual y de convivencia que evite el deterioro progresivo y para moderar la frustración e insatisfacción personal derivada de la situación, casi kafkiana, de seguir viviendo bajo el mismo techo con quien ya no se desea convivir. El esfuerzo es doble y los recursos necesarios para poder superar la situación escasean porque hay una variante externa que limita la capacidad de actuación normal y coherente ante una situación de separación. La gente debe hacer auténticos esfuerzos para poder maquinar nuevos recursos de supervivencia y salir adelante aún sabiendo que convivir no es lo más adecuado. Ya lo decía Albert Einstein cuando afirmaba que, en los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. Exprímanse las neuronas, amigos, que esto parece ir para largo.