A parte del anuncio de Freixenet, del hijo pródigo que vuelve a casa en Navidad con el turrón y la ilusión del sorteo de lotería, hay otra señal inequívoca en nuestras pantallas que nos indica que estamos en época navideña: la proyección del fantástico clásico de Frank Capra que da título a este artículo. En esta joya del cine, George Bailey (James Stewart) no ha visto cumplido su sueño de viajar por todo el mundo y estudiar una carrera universitaria a cambio de quedarse en su pequeño pueblo y ayudar a todo aquel que lo necesite. Tras las peticiones de todo el pueblo, el día de Nochebuena, una corte celestial se reúne para poder hacer feliz a este hombre que se ha dedicado a los demás en cuerpo y alma durante toda su vida. La película viene a reflejar ese espíritu de bondad y generosidad que nos impregna durante estas épocas, como si el resto del año, al no ser Navidad, estuvieran permitidas las peores barbaries. Parece que en Navidad eso no toca: hay que ser bueno.
El ambiente navideño invita a ser solidarios, a realizar buenas acciones, a reunirnos con familiares y amigos y a compartir toda nuestra felicidad con los demás, la guinda del pastel la ponen los centros comerciales y la televisión que se ocupan de darle el toque festivo-consumista a la cuestión. Todo es, en definitiva, el más bello ejemplo de un mundo feliz. Incluso hay quien se plantea limar asperezas con viejos enemigos o hacer las paces con ese familiar o allegado al que hace algún tiempo que no se le habla. Es la cara del ser humano. Pero toda moneda tiene su cruz: lejos de la felicidad colectiva que afecta a la mayoría de mortales, hay quienes pasan por un auténtico calvario durante estos días.
Aquellas personas que están sufriendo por distintas razones (problemas con la pareja, despidos laborales, duelos por alguien cercano, cuadros depresivos, estados melancólicos, soledades impuestas, etc.) se ven obligadas a sonreír, a disfrutar de las fiestas y a consumir más de lo habitual cuando en realidad desearían esconderse bajo la faz de la tierra hasta que todo pasara. Justamente es en estos días donde sus problemas se agudizan y se hacen más presentes. En el caso de las parejas en crisis y las familias rotas, la Navidad se convierte en un auténtico calvario. Se dan mil y un motivos para discutir y los conflictos se agudizan (precisamente tras las fiestas de Navidad es cuando se produce una mayor demanda de apoyo terapéutico y de peticiones de separación). Las familias que no pueden estar juntas acusan más su sufrimiento y en ellas se hace particularmente evidente la hipocresía social del ritual navideño que identifica la familia unida como máxima expresión de felicidad. Por otro lado, los que se encuentran solos o sufren problemas psicológicos son invadidos por una profunda tristeza y desesperación que les aísla más del mundo al no seguir las directrices marcadas.
Me es muy difícil proponer soluciones a este problema que, desgraciadamente, afectará a muchas personas. Una de ellas, de un sentido común aplastante, es mentalizarse de que la Navidad acabará pronto y serán sólo unos días en los que tendrán que echar mano del protocolo de emergencia (no dejarse llevar por los sentimientos negativos, implicarse en actividades que comporten satisfacción, etc.). Asumir la actitud de generar incoherencia interior: no están obligados a ser felices ni a pasar las Navidades con quienes no quieren, aunque parezca programado socialmente. Intentar tener una actitud positiva ante todo lo ocurrido (no porque sea Navidad, sino porque es la actitud vital preferente). Dosifiquen las buenas intenciones y la actitud positiva para todo el año, que los atracones siempre suelen acabar en empacho. Hagan caso a Hargan Miller cuando decía aquello de ojala pudiésemos meter el espíritu navideño en jarros y abrir uno cada mes del año.