Hace unos días nos sorprendía la noticia según la cual el Juzgado de lo Penal número 3 de Jaén condenaba a una madre a 45 días de cárcel y emitía una orden de alejamiento que le impedía acercarse a su hijo de 10 años durante un año y medio por haberle agredido (concretamente por haberle propiciado un bofetón y haberle agarrado por el cuello durante una discusión). Dicha agresión hizo que el niño se golpeara la cabeza contra el lavabo y le sangrara la nariz. La denuncia la interpuso el colegio donde asistía el niño al percatarse de las lesiones. La polémica que ha suscitado esta noticia no está tan relacionada por la violencia en sí (a la que desgraciadamente los medios de comunicación nos tienen acostumbrados), como la dureza o desmesura, según algunos, de la sentencia.
Jamás he estado de acuerdo con la frase que encabeza el presente artículo y si he escogido precisamente este título es para denunciar públicamente el uso de la fuerza en la educación infantil. No me veo suficientemente autorizada ni poseo todos los datos para poder pronunciarme a favor o en contra de una sentencia, por muy desmesurada que parezca, cuyo auto judicial señala que «se cumplen todos los requisitos del tipo de maltrato, aún cuando hubiese sido la única agresión cometida», aunque también me gustaría conocer la opinión de profesionales que pudieran pronunciarse en cuanto a los daños producidos en la relación madre e hijo con una orden de alejamiento de esas características. Mi intención de hoy es reflexionar sobre qué podría estar ocurriendo para que este tipo de hechos no se convierta en cabecera de noticieros y portada de periódicos.
Repito y me reitero en la idea de que el uso de la fuerza y el bofetón a tiempo no son las mejores pautas educativas, entre otras cosas, porque sólo hay un mensaje que se transmite al niño a través de estas prácticas: más que constituir un castigo se convierte en la transmisión del uso de violencia como arma negociadora. También es cierto que la poca paciencia, la prisa con la que vivimos y la resolución práctica e inmediata puede conducir a más de uno a optar por soltar la mano como método aleccionador y con la idea heredada de muchas generaciones según la cual un buen bofetón no traumatiza a un niño que, al fin y al cabo, la letra con sangre entra.
Quizá nadie le contó a esa madre que podría haber resuelto la situación de otra manera, quizá no tenía recursos suficientes para poder haber hecho frente a esa situación sin necesidad de recurrir a la agresión o probablemente ella misma fue educada en esos principios. Lo que me queda claro es que el castigo aplicado desde la justicia no va a solucionar el problema, ya que quizá debería abordarse la solución al problema desde una perspectiva psicológica o social.
Ya hemos hablado en alguna que otra ocasión de los efectos perniciosos de la sobreprotección, entre ellos el desarrollo de niños con un concepto muy deficiente de sí mismo, con miedo a la autonomía, con carencia de iniciativa, etc. De manera que los niños deben atender a pautas educativas claras, asequibles a su edad, en la que se marquen los límites pero sin caer en la severidad. Las pautas deben ser razonables y razonadas a la vez y en todo momento debe propiciarse la libre expresión del niño (recordándole que debe asumir ciertas obligaciones a cambio de poder disfrutar de ciertos derechos). El objetivo no debe ser adoctrinar ni reprimir, simplemente educar y es en este sentido en que la violencia o la agresión no tienen cabida. El niño debe aprender desde un inicio que la violencia no puede ser utilizada como medio para conseguir sus propios objetivos, el error de los padres en muchas ocasiones es hacerles ver justamente lo contrario y si a éstos así se lo hicieron creer anteriormente, no caigan en el mismo error. Recuerden, como dijo Joseph Joubert, que enseñar es aprender dos veces. Y para eso siempre estamos a tiempo.