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29.10.08 -

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Cuando el amor resta
J. IBARROLA
Casi todo el mundo está de acuerdo cuando se afirma que el amor es necesario como elemento fundamental en la felicidad del individuo. Más allá de la necesidad biosocial de amar y ser amados, su presencia posibilita el bienestar y la plenitud personal. De hecho, su ausencia es vivida como una condena a un estilo de vida falto de emociones y de sentido e incluso el desamor resulta una experiencia desgarradora y fuente de infelicidad para quienes lo sufren. Así pues, a estas alturas, enumerar cada una de las ventajas que implican querer y ser querido nos resultaría algo conocido y familiar. Lo malo es que precisamente por la correlación existente entre amor y felicidad, las dificultades vinculadas a las relaciones sentimentales son vividas como un conflicto generador de grandes insatisfacciones. Hasta aquí, a excepción de quienes sufren por él, el amor no es más que una fuente de ingresos para nuestra cuenta bancaria emocional. Lo que ocurre en ocasiones es que el ingreso inicial no produce rédito alguno y a más de uno le vienen ganas de retirar todo el capital y es que, en determinadas circunstancias, el amor resta.

Para poder establecer los cálculos adecuados en esta matemática sentimental se hace necesario mencionar dos principios según los cuales calculamos nuestras medias aritméticas respecto a las ganancias y a las pérdidas obtenidas en toda relación. Tales conceptos hacen referencia al principio de habituación y al principio de saturación, ambos altamente influyentes en las relaciones de pareja. Nos habituamos fácilmente a las experiencias positivas en la vida (si nuestra pareja suele tener habilidades para la cocina y nos deleita el paladar con sus manjares, es muy probable que nos acostumbremos a ello sin necesidad de reforzarlo constantemente porque ya damos por hecho que siempre será así). En este sentido nos acostumbramos a lo bueno (lo malo es que la falta de refuerzo suele disuadir al otro de seguir cocinando para nosotros y empezaremos a valorarlo cuando quizá sea demasiado tarde). El segundo principio que opera es el de saturación y en este caso sucede completamente lo contrario: lo malo cansa. Hay un principio conductual según el cual el individuo tiene tendencia repetir comportamientos que le producen placer y satisfacción y tiende a evitar los que le provocar malestar (a excepción en este último caso de ciertas personalidades de naturaleza masoquista, donde hay tendencia a la reincidencia en el patrón autolesivo porque precisamente es vivido como recompensante). En las relaciones amorosas, la capacidad de resistencia se ve claramente influenciada por este principio ya que siempre resultarán más atractivas las personas que no conocemos (en cuyo caso la saturación todavía no tiene razón de ser porque el balance de lo que no se conoce y resulta atractivo siempre suele ser positivo). Quien al principio de la relación respiraba fuerte por las noches, a lo largo de los años, acaba roncando como un condenado porque la convivencia y la saturación han ido haciendo mella.

De manera que si ingresamos poco (no reforzamos lo que realmente nos gusta en nuestra relación) y estamos retirando dinero constantemente (nos saturamos ante lo que no nos gusta) no es de extrañar que la gente se decante por nuevas entidades financieras amorosas que, de entrada, siempre prometen un alto interés. Un buen principio para moderar la acción de ambos principios consiste en reforzar constantemente lo bueno del otro e intentar mejorar las diferencias y dificultades que nos encontramos por el camino. Acostumbrarse a lo bueno y aguantar lo malo sin posibilidad de cambio va a arruinar con un alto porcentaje de seguridad nuestra inversión inicial.

Hagan de sus relaciones un buen negocio (si me permiten la expresión), asegúrense de que las ganancias se mantienen en el tiempo porque como decía Chamfort «con frecuencia el amor, comercio borrascoso, acaba en bancarrota».

www.soniacervantes.com

Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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