
Fue en el otoño de 1987 cuando llegó a La Verdad. Un domingo por la tarde. Lo primero que hizo fue coger por teléfono una crónica del Alcoyano que le dictó Lorenzo Rubio. Luego cogería muchas, muchísimas más. Acababa de licenciarse en Historia y su disciplina universitaria la aplicó como nadie en la organización de su trabajo, hasta tal punto que ayudó con su método a trabajar a muchos de sus compañeros.
Era muy seria en el trabajo y también muy humilde pero, por encima de todo, tenía una cualidad heredada de su padre: nobleza. Choni Casinos era una mujer trabajadora, recta, amable, simpática pero noble. Siempre conservó su acento maño. «Un momentico», decía cuando estaba agobiaba por sus compañeros. Se tragaba sus nervios. Nunca gritó a pesar de su carácter recio, aragonés. Cuando podía se escapaba a su amado Albarracín, porque a pesar de los años que vivió en Alicante siempre se consideró turolense.
Choni era una mujer fuerte. Sabía escuchar. Fue la oreja de muchos compañeros. Era la compañera que siempre estaba dispuesta a ayudar. Sufrió la muerte de su padre sin haber cumplido los treinta años y se ocupó de su hermana pequeña, Tania, entre crónica y crónica. Era muy inquieta. Se licenció en Historia pero estudió Criminología entre los ordenadores de la redacción. En una mano, un minibocadillo, en la otra, los folios con los apuntes subrayados. Entre oreja y hombro, el teléfono para atender a un corresponsal o al redactor jefe de turno.
Ha muerto una persona noble, buena, divertida, que sufrió achaques desde muy joven pero que supo afrontar con valentía la vida. Choni era fuerte como era sensible, como era buena. Era una mujer con una fuerte personalidad pero a la vez sensible. Era la compañera que un día se convierte en amiga, en amiga para siempre. Sin embargo, al final, cuando llega su inesperada muerte la noticia indica que en puridad siempre fue amiga.








