Si nos fiamos de las temidas encuestas (por lo fácilmente manipulables que son en un sentido u otro si no se analizan e interpretan adecuadamente) a la pregunta de si ha sido usted infiel en alguna ocasión, entre el 5% y el 7% de los españoles admite haber tenido un desliz mientras mantenían una relación de pareja. Es curioso echar mano de ciertos datos y comprobar que la misma pregunta elaborada por Alfred Kinsey (famoso entomólogo y psicólogo norteamericano) durante la década de los años cincuenta en la puritana sociedad norteamericana apuntaba al 50% de la población masculina y el 25% de la población femenina. El análisis de las diferencias puede venir explicado por distintas variables, entre ellas se maneja la reticencia de los españoles a confesar temas personales. Profundizando en la encuesta realizada en nuestro país observamos que cerca del 70% de la infidelidades cometidas no tiene repercusión sobre la estabilidad de pareja (al considerar los encuestados que se trataba de meros encuentros sexuales sin implicación emocional) y que más del 10% suponía la ruptura del vínculo (supuestamente por la aparición de un enamoramiento alternativo).
Entre las razones por las que las personas son infieles cabría analizar distintas variables. En primer lugar hay que dejar bien claro que la infidelidad no suele ser la causa de las crisis de pareja sino más bien su consecuencia, por lo que una de las razones esconde el alto nivel de insatisfacción que produce el vínculo y la necesidad de encontrar nuevas sensaciones. Unido a este hecho pueden aparecer variables como la inmadurez personal (que se deja guiar más por el principio del placer y la recompensa inmediata) con ciertos matices de personalidad narcisista (que suelen autoafirmarse a través de sus conquistas). Si analizamos sobre qué pilares se sustenta la pareja estable encontramos que siete de cada diez personas consideran fundamental la fidelidad en pareja. Si bien es cierto que el concepto se circunscribe en este sentido al concepto de exclusividad sexual. Y aquí entramos en polémica si tenemos en cuenta que se ha afirmado varias veces que desde un punto de vista puramente biológico, y atendiendo a sus necesidades sexuales, el ser humano es polígamo mientras que la monogamia estaría regulada por variables de tipo social, atendiendo al pacto de fidelidad que implica compromiso y lealtad. La fidelidad es definida, en el seno de la relación estable, como una cualidad entre dos personas que se comprometen a ser leales y honestas.
También es cierto que la infidelidad se vive de manera muy distinta entre hombres y mujeres (atendiendo, de entrada, a la variable que justifica socialmente la infidelidad masculina frente a la femenina; siendo mucho más permisiva y tolerada la primera que la segunda). Los hombres suelen tolerar los sentimientos de la mujer hacia otros hombres, repudiando el contacto sexual entre ellos; contrariamente, las mujeres suelen tolerar las aventuras sexuales esporádicas de los hombres pero sufren mucho si ven que su pareja se ha enamorado de otra mujer.
Entre las causas más comunes que pueden originarla se encuentran la saturación (que lleva a la búsqueda de otra persona para volver a sentir la llama de la pasión), la insatisfacción sexual (que conduce al encuentro de nuevas experiencias) y el desenamoramiento (donde la infidelidad suele desembocar en un cambio de pareja, provocando un enamoramiento alternativo). Como puede apreciarse todas ellas son indicativas de una crisis previa a la aparición de la infidelidad.
Existen pocas vacunas para inmunizarse contra ella, la mejor de todas es sin duda el estar enamorado de quien se ama y cuidar la relación diariamente para evitar caer en la monotonía, el aburrimiento o la saturación. Y no puedo evitar acordarme de las palabras del escritor francés Georges Duhamel cuando afirmaba: «Nunca he engañado a mi mujer. No es ningún mérito: la amo».
www.soniacervantes.com
Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








