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17.09.08 -

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No es extraño que durante el mes de septiembre los psicólogos veamos incrementadas nuestras consultas con parejas que, tras las vacaciones, deciden separarse. A pesar de la particularidad que siempre presenta cada caso, la demanda suele ser la misma para todos ellos: «Tras las vacaciones nos hemos dado cuenta de que esta pareja no tiene futuro». Tras la petición, todos suelen preguntarse lo mismo: ¿Por qué tras el verano aumentan significativamente las crisis? y ¿cómo se ha podido aguantar el resto del año en esta situación? Podríamos resumir el origen de la crisis siguiendo un par de argumentos: el incremento de la convivencia durante el periodo de vacaciones y una posible crisis previa no resuelta antes de iniciarlo.

Paradójicamente, hay parejas que se mantienen porque conviven poco durante el resto del año. Las obligaciones profesionales de ambos reducen notablemente la cantidad total de tiempo que comparten, por lo que las discusiones y los conflictos también disminuyen significativamente no porque se han resuelto, sino porque simplemente no hay tiempo físico para que puedan desarrollarse. Al mismo tiempo, la pareja tiene definida una dinámica en la que cada uno de ellos reparte su tiempo creando un espacio propio que comparte con el espacio común y que le libera de la tensión existente.

Lo que ocurre durante los días de vacaciones es que el espacio creado durante el año desaparece y la vida en común inunda e invade el territorio personal de cada uno de ellos. Es entonces cuando se intensifican las desavenencias, los roces, las discusiones y los conflictos que se habían mantenido latentes. Las vacaciones, en este sentido, no causan la crisis en sí, simplemente la hacen aflorar. No se distancian por haber pasado un tiempo juntos, sino que el distanciamiento siempre es fruto del haber estado juntos sin quererlo. Es por eso que las crisis que se producen a lo largo de este mes son siempre la consecuencia de crisis preexistentes que se agudizan con la intensidad de la convivencia.

No se dan cuenta de que realmente no quieren estar juntos hasta que se sienten obligados a estarlo durante un largo período de tiempo. Muchos suelen pasar las vacaciones juntos porque toca, por los niños o porque simplemente siempre lo habían hecho así. Como todo tiene un límite, el agotamiento de la capacidad de resistencia les hace ver que en realidad ya no tiene sentido seguir juntos y deciden, de momento, pasar el verano lo mejor que puedan y plantearse la separación definitiva en septiembre. No es de extrañar que este tipo de situaciones vuelvan a repetirse durante el mes de enero, en este caso la crisis se relaciona con las discrepancias surgidas durante las fiestas de Navidad.

Según mi colega y amigo Antoni Bolinches (psicólogo, sexólogo y escritor) se pueden establecer tres variables distintas de crisis de pareja: las parejas divergentes, las parejas saturadas y las parejas desencantadas. Las primeras son parejas de larga trayectoria (suelen llevar unos 15 ó 20 años de convivencia). Entre ellos hay un distanciamiento fruto de los años de convivencia y deciden subsanarlo incrementando el tiempo que van a pasar juntos. En este caso, a unos les sirve para darse cuenta de que ya no tiene sentido mantener el vínculo y otros deciden que vale la pena trabajar para regenerar la relación. Estos son los que suelen acudir en septiembre a nuestras consultas.

El caso de la pareja saturada suele ser el más grave y el de peor pronóstico, ya que son parejas cansadas de aguantar los múltiples conflictos aparecidos durante todo el año. El proceso de saturación suele aparecer a partir del quinto año de convivencia. Puede haber una saturación bilateral, acusada por ambas partes, o unilateral, cuando el equilibrio se mantiene a través de la renuncia por parte de uno a su manera de ser y actuar. Entonces es cuando muchas deciden que ha llegado la hora de actuar, lo cual siempre produce conflictos importantes; porque en la misma proporción que ellas están saturadas, sus parejas están acostumbradas a un esquema que les beneficia y al que no van a renunciar sin oponer resistencia.

Finalmente están las parejas desencantadas, que presentan la variante menos grave de la crisis. Son parejas con pocos años de convivencia con lo cual es posible que se limite a un problema afectivo sin implicaciones familiares porque muchas todavía no han tenido tiempo de tener hijos o han decidido no tenerlos. La crisis del desencanto es una de las más tempranas que deben afrontar todas las parejas para consolidarse como tales y no es infrecuente que surja ya en las primeras o segundas vacaciones que pasan juntos.

¿Se identifican con alguna de las variantes? Si ya es demasiado tarde, no duden en acudir a un profesional, pero, si todavía pueden solucionarlo, pónganse manos a la obra porque, como dice Robert Anderson, en todo matrimonio que ha durado más de una semana existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar siempre motivos para el matrimonio.

www.soniacervantes.com

Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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