La subjetividad en la percepción es un proceso ampliamente conocido en el campo de la psicología. No somos lo que nos ocurre sino lo que hacemos con los acontecimientos por los que nos toca pasar. Traducido en otras palabras, la objetividad de la realidad se transforma en pura interpretación cuando pasa por el tamiz de cada una de nuestras mentes. Más que vivir la realidad, la interpretamos, percibiéndola de manera absolutamente subjetiva e individual y atribuyendo a los hechos características absolutamente personales, fruto de la interacción de la idiosincrasia de nuestra mente con el entorno.
Sin entrar en el concepto físico de la relatividad del tiempo postulado por Einstein, apuntaremos que el tiempo o, mejor dicho, la percepción del tiempo varía sustancialmente según la vivencia experiencial de cada uno de nosotros. ¿A quién no se le ha hecho eterna la temible media hora en el sillón del dentista? ¿Quién no ha sentido que una hora se convertía en un segundo al estar junto a esa persona tan especial? Más de uno de ustedes debe tener la sensación a día de hoy que estos últimos días de vacaciones han sido tan fugaces como la estela de un cometa y esto es, sin duda alguna, prueba evidente de que la percepción de la realidad ha sido de lo más positivo. En cambio, con la llegada del mes de septiembre se activa la desgana y el deseo de que las horas corran sin cesar, todo ello unido al temido síndrome postvacacional, del que hablaremos próximamente.
La percepción del tiempo suele describirse mediante variables de tipo físico (lo que realmente mide el movimiento incesante de las manecillas del reloj) y de tipo psicológico (la variable subjetiva de percepción de la que hablamos líneas atrás). Ésta segunda variable es la que nos hace tener la creencia que el tiempo pasa más rápidamente en según qué circunstancias. Este hecho, según Fraisse, se debe a que la situación de esperar enfoca la atención en el paso del tiempo y eso aumenta su duración subjetiva. Existen estudios psicológicos que miden la percepción subjetiva del tiempo, postulando diferencias entre niños de distintas edades (la diferencia se explica por los cambios cognitivos en la comprensión de la naturaleza abstracta del tiempo) e incluso entre hombres y mujeres, donde los hombres suelen dar duraciones menores de percepción del tiempo (parece ser que las mujeres acumulan una mayor cantidad y variedad de experiencias por lo que hacen un mayor número de asociaciones por unidad de tiempo, por ello requieren más unidades subjetivas al tener más variedad en las asociaciones).
Si uno no tiene o no quiere tener noción del tiempo (atributo indispensable para poder desconectar durante las vacaciones) se dará cuenta de que el paso de éste es mucho más rápido que en condiciones cotidianas de trabajo y rutina donde nuestra atención recae más sobre el paso de los segundos y de los minutos que no sobre las acciones propiamente ejecutadas. Así que tómense los próximos meses con relativa paciencia y olviden de vez en cuando que un pequeño tirano se ha apropiado de sus muñecas. Disfruten de cada uno de los momentos que les toca vivir por su propia intensidad e importancia, olvidando que los acontecimientos son medidos por unidades de tiempo, porque, como decía Alexis Carrel, biólogo y médico francés, el tiempo físico nos es extraño, mientras el tiempo interior es nosotros mismos.
¿Han probado a dejar el reloj olvidado en un cajón?
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Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








