Etimológicamente, la palabra proviene del inglés mob, que podríamos traducir como gentío o multitud en su acepción substantiva y como ataque en masa en su acepción verbal. Ciertamente, el origen de la palabra nos acerca mucho a la realidad y naturaleza del mobbing porque se trata exactamente del acoso psicológico y moral que una persona o un grupo de personas ejercen sobre otra dentro del lugar de trabajo. Acoso que, a veces y llevado al límite, puede llegar a ser auténtica violencia psicológica.
El mobbing empieza a ser un auténtico problema para los departamentos de Recursos Humanos de ciertas empresas a partir de los años 80. Actualmente, las cifras hablan de un nueve por ciento de trabajadores en Europa víctimas del mencionado acoso. Son excluidos de las celebraciones de la empresa; se les prohíbe hablar con los compañeros; se instiga al resto en su contra; sus subordinados no obedecen sus directrices; se les hace trabajar paralelamente con otra persona que ocupará su lugar; se les niega la posibilidad de realizar cursos formativos y de reciclaje; son controlados y vigilados casi militarmente; se les cambia la mesa o el despacho de lugar sin previo aviso; se les abre la correspondencia y el correo electrónico; son amenazados o encuentran muchas dificultades para pedir días por enfermedad; son denigrados delante de sus superiores y un largo etcétera de acciones que casi un millón y medio de personas sufren diariamente en Europa en su puesto de trabajo.
Este trato injusto tiene unos efectos devastadores, principalmente para el trabajador o trabajadora que lo sufre, pero también inciden negativamente sobre su entorno familiar, la empresa y la sociedad en general. No es demasiado difícil imaginar cómo puede acabar sintiéndose una persona víctima de mobbing por parte de sus compañeros: cuadros de ansiedad, depresión, disminución de su rendimiento laboral y su concentración (haciéndolo más vulnerable a sufrir algún tipo de accidente laboral), apatía, falta de autoestima y muchos otros trastornos que además de afectarle a él directamente son causa de conflicto y tensión a nivel familiar, conduciendo, a la mayoría de ellos, a centros de atención psicológica. La empresa, al mismo tiempo, sufre una disminución de su producción, así como un decrecimiento de la calidad del trabajo por las numerosas ausencias laborales del trabajador. Y la sociedad, en general, ha de asumir unos altos costes de asistencia médica, el pago de ciertos seguros y el incremento de activo laboral en el paro.
Por todo esto y debido a la gravedad de la cuestión se hace necesaria la asunción de ciertas responsabilidades por parte de las organizaciones con el objetivo de considerar el factor humano como parte fundamental dentro del mundo laboral de manera que todo trabajador tenga derecho a desarrollar su trabajo y conseguir sus objetivos laborales dignamente y sobretodo, de manera libre y sin coacción. Si es necesario, se deberán redactar normativas políticas y legales que velen por la salud psicológica de los trabajadores. En caso de sufrirlo, debería denunciarse y hacerse público. Desafortunadamente, sólo aquello que consigue cierto eco público y mediático entra en vías de resolución. Y, francamente, es necesaria una actuación inmediata dentro de este ámbito que pueda liberar a miles de personas en nuestro país y millones en todas partes del mundo del sufrimiento diario al que se ven sometidas injustamente; porque, como decía Elbert Hubbard, una máquina puede hacer el trabajo de 50 hombres corrientes. Pero no existe máquina que pueda hacer el trabajo de un hombre extraordinario. Y, francamente, hay quien todavía no se ha enterado.
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Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








