
Miguel era barbilampiño y todavía no lucía ni el incipiente bigotillo de la pubertad. Iniciamos una gran amistad y compartimos muchos ratos juntos. Años después, lo volví a encontrar en la Audiencia, cuando era oficial letrado interino en funciones de secretario. Nos unían aquellos chatitos de vino tinto de dos reales a la salida de la Audiencia, que nos llevaban hasta la bodegueta de Cánovas en el barrio de Santa Isabel, sin imaginar que una hija del tabernero sería con los años funcionaria de Fiscalía.
Le perdí la pista, aunque no del todo, cuando se marchó destinado a esos tribunales de España, hasta que supe que ya era fiscal en Tarragona.
Gran alegría me llevé cuando su hermano Pepe me mandó una nota diciendo que Miguel venía destinado a Alicante y lo publiqué en mi sección. Era la Transición y Pepe me adjuntó un dibujo suyo que todavía guardo celosamente. En caricatura, un español vestido de torero manejaba una muleta con los colores de una bandera, mitad monárquica, mitad republicana. En vez de barrera, unas alambradas y una leyenda interrogante: «¿Quién dará el pase al futuro?».
Reanudamos la amistad y como yo cubría la información de Tribunales, nos veíamos a diario. Con él, era una delicia realizar este trabajo. Miguel era el jurista que más noticias generaba y tenía para los profesionales de la Prensa todo el respeto del que otros carecen.
A Dorita la conocía desde que se puso novia con Miguel. Yo le presenté a Rosana recién casada conmigo y nos hicimos todos muy amigos. Me hizo el honor de dejarme entrar en el círculo de sus amistades más íntimas. Conocí de cerca a Chamorro, el célebre fiscal rojo, como hermano de Miguel. Con frecuencia cenábamos en casa de Miguel, en la mía o en la de otros amigos. Era costumbre llevar un regalo a los anfitriones.
Miguel, que en la intimidad era un hombre muy sencillo y divertido, caía muy bien a mi mujer. Le contaba cosas muy graciosas que le encantaban a Rosana y saludaba respetuosamente a mi suegra. En nuestras bodas de plata nos llevó un precioso regalo compartido con otros amigos. También estuvimos en las bodas de sus hijos. Miguel apadrinó a Ana y, aunque no creyente, fue tan caballero que se enfundó el chaqué y la llevó del brazo hasta el altar para postrarse. Cuando murió Rosana lloraba como un niño.
Todos los años por estas fechas nos reuníamos en su casa del Raval Roig para presenciar desde la terraza los fuegos artificiales de la playa del Cocó.
Era un matrimonio tradicional. Dorita guisa muy bien. Hay que ver qué cenas tan suculentas nos obsequiaba mientras esperábamos el disparo de los castillos.
Allí nos juntábamos Miguel y Dorita, los anfitriones. Faustino de Urquía, Luis Segovia, Alberto Facorro, Felipe Briones, el catedrático Luis de la Gándara..., todos acompañados de las respectivas. ¿Qué tiempos!
Miguel no pudo venir a la presentación de mi último libro porque a esa hora tenía una reunión ineludible. Al día siguiente me llamó pidiendo disculpas. Quedamos para otro día y al despedirnos me recalcó esta frase: «Dale un beso a tu suegra y dile que la quiero mucho». Así de tierno era con los mayores. Fueron las últimas palabras que me dirigió. Cuando conoció la noticia, la mujer lloraba como si de un hijo se tratara, ella que sufrió tan duros golpes.
Mientras escribo esto, oigo los disparos de las bengalas del Cocó. Cada vez que prende una en las alturas, creo que es la estrella que Miguel ha encendido allá arriba.
Gracias, Miguel, por habernos regalado con tu amistad. Y con la de Dorita. Y Miguel y Ana. Como diría el otro Miguel: Un manotazo duro, un golpe helado,/un hachazo invisible y homicida,/un empujón brutal te ha derribado. O también, A las aladas almas de las rosas/del almendro de nata te requiero,/que tenemos que hablar de muchas cosas,/compañero del alma, compañero.






