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Distintos pero iguales
04.06.08 -

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Ya en el año 1992, John Gray alertaba de la procedencia planetaria diferenciada en hombres y mujeres, advirtiendo que ellos proceden de Marte y ellas, de Venus. Esta metáfora refleja claramente que tanto hombres como mujeres tienen características y necesidades distintas y distintivas que, si no son comprendidas y aceptadas como variables diferenciales, dificultan el entendimiento del otro y, lejos de provocar un acercamiento y una complementariedad, se convierten en motivo principal para establecer las bases de la tan perjudicial guerra de sexos, donde ellos y ellas invierten todos sus recursos en competir y no en cooperar. De todos modos, a pesar de las diferencias (que luego veremos no son tantas), somos iguales en cuanto somos personas.

Es evidente que la primera diferencia entre hombres y mujeres ya se da en el plano físico: la morfología de ambos organismos está claramente diferenciada, pero programada para complementarse mutuamente. Hay unas diferencias claramente organizadas durante el período intrauterino donde los embriones masculinos y femeninos pasan por distintas fases que originarán los dos sexos claramente diferenciados ya desde el nacimiento, sobre todo en lo que refiere a las características físicas. Por otro lado, también existe una incidencia claramente ambiental y social que hace que hombres y mujeres sean educados de manera distinta según su sexo, originando diferencias de tipo psicológico y conductual en ellos y en ellas. A pesar de que muchos estudios no han encontrado diferencias muy acusadas en los procesos cognitivos de hombres y mujeres, sí que podríamos establecer unas habilidades masculinas y femeninas: los hombres son más proclives a la toma de riesgos, las mujeres puntúan más alto en amabilidad y neuroticismo, los hombres prefieren pensar y las mujeres sentir, la agresividad es mucho más marcada en los hombres y las mujeres puntúan más alto en empatía. No por ello las mujeres no pueden tomar riesgos ni los hombres sentir porque ambos pueden aprender el uno del otro y complementar sus características típicas referentes a su propio género con la adquisición de las que son típicas del otro. De todos modos, el conjunto de diferencias sólo viene representado por un 3%, de manera que la igualdad entre hombres y mujeres es mucho más alta que la diferencia.

Dentro del seno de la pareja estable, estas diferencias deben ser complementarias para que ambos miembros, dentro de su diferenciación, se sientan apoyados y comprendidos por el otro. El establecimiento de la complementariedad como variable necesaria para el éxito de la pareja requiere de un conocimiento mutuo y del otro que permita analizar y valorar que las diferencias nos permiten encontrar en el otro todas aquellas habilidades de las que carecemos y enriquecernos con ellas, de la misma manera que nuestras características personales por el hecho de ser hombre o mujer pueden complementar al otro miembro de la pareja en vez de distanciarse de nosotros o competir por el establecimiento de una sola manera de ver y vivir las cosas.

Existen varias razones que puedan definir el éxito o el fracaso en la pareja, bien por el cumplimiento de ciertos procesos (empatía, conocimiento, aceptación, amor incondicional, etc.) o bien por la ausencia de ellos (falta de comunicación, falta de respeto, baja tolerancia, etc.). Si bien es cierto que, para que una pareja tenga altas garantías de éxito, debería producirse una complementariedad en los siguientes ámbitos: acoplamiento sexual, compatibilidad de caracteres o personalidades, escala de valores similar y un proyecto de vida en común o proyección hacia el futuro. Por otro lado, debemos admitir que hay personas absolutamente incompatibles y que, por mucho que uno se esfuerce en potenciar y desarrollar valores emocionalmente inteligentes, acaba por fracasar en el intento de querer formalizar la relación. Son casos en que las necesidades de uno y otro no tienen punto alguno de convergencia, priorizando las necesidades personales que uno tiene como individuo a las que puedan originarse en el seno de la pareja. En estos casos, la terapia de pareja suele tener poca incidencia, ya que no es que no sepan cómo cambiar, cómo aceptarse mutuamente y cómo compatibilizarse, sino que simplemente no quieren.

Recuerden que somos distintos pero iguales a la vez porque, como decía el psicólogo Carl Gustav Jung, un ser humano no es solamente hombre o mujer, sino que lleva en él los dos sexos.

www.soniacervantes.com

Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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