Cuando en la etiología de la inapetencia sexual no se encuentra una causa relacionada de forma directa, ésta suele estar relacionada con dos comportamientos inherentes a la convivencia en pareja: la saturación y la rutina. La primera de ellas hace referencia al efecto de saciedad resultante después de satisfacer en exceso o hasta un punto máximo una necesidad. Si uno practica sexo en más ocasiones de las que realmente desea o necesita, puede acabar con la sensación de estar saturado. Como cuando uno se sienta a comer ante una suculenta mesa llena de ricos manjares, pero, a pesar de no tener mucha hambre, sigue comiendo porque el estímulo es suficientemente atractivo. La segunda de ellas, la rutina, es un viejo enemigo conocido de toda pareja estable. Es una sensación muy conocida para toda pareja que haya pasado el límite de los cinco años de convivencia. Hacer siempre las mismas cosas y en el mismo sitio convierte al sexo en algo pactado, pautado y previsto cuyos efectos devastadores se dejan notar en el deseo sexual hasta extinguirlo. Cuántas parejas han llegado a comentarme que han mantenido relaciones sexuales los fines de semana, preferentemente el sábado por la noche, porque tocaba, aún sin desearlo previamente, convirtiendo de manera peligrosa el deseo en tarea.
Para la primera de las causas, una vez establecida, sólo existe un camino posible: la abstinencia temporal, hasta que los efectos de la saturación hayan desaparecido, de la misma manera que nos sometemos a regímenes estrictos tras auténticos banquetes. Sólo cabe esperar a que el hambre reaparezca y sólo es posible si dejamos de comer durante una temporada. Para la segunda de ellas, la rutina, es altamente aconsejable la práctica de la variación sexual en la pareja. Esto no implica experimentar sofisticaciones que se alejen de nuestro código sexual y nos introduzcan en el campo de las parafilias no deseadas o forzadas por la situación, ya que, lejos de ser una solución, nos llevarían de la rutina a la incongruencia interna. Es preferible apostar por la calidad de las relaciones sexuales en vez de la sofisticación sexual inducida, ya que, si vivimos la sexualidad de manera gratificante, se alimenta nuestro deseo y se abren las puertas de la variación deseada. Lo que sí se hace altamente necesario es dejar de considerar al sexo como una tarea de fin de semana y empezar a reflexionar para introducir las correcciones necesarias que nos alejen de la temida rutina.
Moderar la práctica sexual, lejos de ser una medida represiva, es una estrategia inteligente que ayuda a mantener el deseo, siendo mucho mejor el deseo sin sexo que el sexo sin deseo. Así que, si quieren mantener el interés sexual propio y el de su pareja, eviten la planificación excesiva de los encuentros sexuales; introduzcan variables que sean del agrado de los dos, añadiendo algunos gramos de imaginación y actuando siempre de acuerdo con la propia escala de valores sexuales; deje siempre alguna de sus fantasías sin realizar, ya que quien agota las fantasías agota el deseo, y haga de su propio sexo una expresión del deseo y no una simple manera de satisfacer una necesidad. Si quiere mantener el deseo, cuídelo diariamente, porque la convivencia viene siempre acompañada de grandes enemigos dispuestos a acabar con él, y siga el sabio consejo de Honoré de Balzac cuando afirmaba que el matrimonio debe combatir sin tregua un monstruo que lo devora todo: la costumbre.
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Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








