La primera de ellas es indiscutiblemente la voluntad de ambas personas para poder hablar. Hay un viejo dicho que afirma que, si uno no quiere, dos no bailan el tango y, en estos casos, la apatía comunicativa de alguno de los miembros de la pareja ya boicotea de entrada el diálogo. Superada esta primera condición, debe establecerse una serie de reglas y actitudes que lo faciliten. Tras el deseo de hablar, debemos encontrar el lugar y el momento adecuado para que exista el libre flujo de ideas. Tiene que ser un ambiente que nos garantice la privacidad y que no esté sujeto a interrupciones o ruidos que dificulten la comunicación; al mismo tiempo, no siempre estamos listos para poder abordar una conversación, ya que hay momentos en que el enfado o el disgusto predispone más al conflicto que a otra cosa y justamente éste es uno de los grandes errores que se cometen en pareja, el hecho de confundir la comunicación con la discusión. Uno debe ser capaz de manejar su autocontrol y aprender a serenarse antes de entrar a dialogar, porque, en muchas ocasiones, el diálogo desde la intensidad emocional es dudosamente productivo.
Si somos capaces de encontrar el lugar y el momento, tendremos menos dificultades para adoptar actitudes favorables que nos permitan tener una conducta adecuada. Una de ellas es la capacidad de escucha activa, donde nos preocupemos más en escuchar o atender a nuestro interlocutor, que no exponerle nuestro monólogo, mostrándole señales de apertura y confianza. Si mostramos una disposición voluntaria para mostrarnos tal como somos, sin engaños, facilitamos el diálogo y si amamos a nuestra pareja, confiamos en ella y limitamos las restricciones para confesar nuestras experiencias y puntos de vista. De todo ello se derivará una actitud sincera y honesta para expresar nuestros pensamientos y nuestras emociones y estableceremos un marco de reciprocidad al escuchar las del otro.
Otra cuestión clave es la claridad del mensaje que queremos transmitir, evitando la falta de información o la ambigüedad en las palabras. Esto supone un esfuerzo por nuestra parte para ser claros y concisos intentando expresar de la manera más objetiva aquello que queremos transmitir. Uno de los errores que cometen muchas parejas es dar por hecho que el otro debe entenderle, porque supone que le conoce, entrando en el peligroso juego del uso de frases como tú ya deberías saber lo que pienso, cayendo en la trampa de la inferencia, sujeta a un alto margen de error, con los consiguientes malentendidos. Para evitarlo, debemos asumir una actitud empática, poniéndonos en el lugar del otro, pero no hablando o pensando por él, sino respetando sus ideas y sobre todo sus sentimientos, sin olvidar la capacidad autocrítica que nos permitirá asumir los propios errores. La comunicación en pareja, a diferencia de cualquier otro tipo de comunicación, se caracteriza por el hecho de llegar a una conclusión donde ambas partes asumen un compromiso para alcanzar un consenso. Si no es así, todos los esfuerzos acometidos anteriormente no lograrán su objetivo, porque no es cuestión de que alguna de las dos partes gane y obtenga sus necesidades a nivel personal; de lo que se trata es de que los dos tengan la sensación de que han ganado a través de la comunicación y es precisamente en este punto donde la mayoría de parejas suele fallar: ante un conflicto, ninguno de los dos da su brazo a torcer y defienden sus argumentos sin tener en cuenta que no pensar como el otro no implica estar contra él.
Si quieren comprender a su pareja y que les comprenda, hablen con ella desde el interés, la confianza, la sinceridad, la madurez, la falta de prejuicios y su capacidad comunicativa para llegar a acuerdos, porque, como decía Kierkegaard, resultaría tristemente irónico que precisamente por medio del lenguaje un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene esa capacidad.
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Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








