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Ser o no ser
07.05.08 -

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Ser o no ser
J. IBARROLA
Cuando alguien me pregunta quién fue el gran primer psicólogo de la historia, siempre respondo que en realidad fue escritor y dramaturgo. Nadie antes que Shakespeare reflejó de manera más audaz y poética los principales perfiles psicológicos humanos. En su obra encontramos las grandes emociones que mueven el ser humano: el miedo, el odio, el amor, los celos, etcétera. Y, cómo no, un hecho inherente a todo hombre y mujer: la duda. Si resucitáramos a Hamlet, tras varios siglos, seguiría haciéndose la misma pregunta: ser o no ser, esa es la cuestión. Porque en el fondo la incertidumbre y la inseguridad siguen vigentes a día de hoy. Otra cosa es que sea una actitud altamente resolutiva y nos permita adaptarnos al medio, ya que, lejos de ser así, es más bien todo lo contrario: la duda paraliza. Somos príncipes de Dinamarca, navegando a la deriva en el mar de la indecisión, la incerteza y la meditación excesiva, que se traducen en el símbolo inequívoco de la irresolución. No es que sea malo dudar, porque nos da margen para el análisis y valoración de los problemas que surgen en nuestra vida. Lo que resulta nefasto es quedarse anclado en ella, como el que, ante una bifurcación en el camino, se queda en medio del cruce sin girar en ninguna dirección por no saber qué hacer o por no tener claro si girar a derecha o a izquierda. Tengan presente que hay dos maneras de actuar ante un problema: la primera de ellas es la búsqueda de la solución inmediata que nos garantice la desaparición del quebradero de cabeza. La segunda es el análisis y valoración del problema sin la búsqueda inmediata de su resolución. Ambas, de manera aislada, no siempre conducen al éxito. La primera, porque existe un alto riesgo de precipitarnos en nuestra decisión y fracasar en el intento. La segunda, porque la valoración excesiva de un problema sin estrategia resolutiva sólo contribuye a la ampliación del mismo o a su subdivisión en otros problemas. ¿Cuál es entonces el mejor camino? Como todo en la vida, el equilibrio y compendio entre las dos opciones: valorar y analizar qué nos ha llevado a tal situación y, una vez establecidas las coordenadas, tomar el camino en la dirección más correcta. Si dudamos, fallamos.

Una de las cosas más difíciles en la vida es la toma de decisiones. Decidir implica posicionarse y, en ciertas ocasiones, renunciar. Si nos asalta la duda y nos dejamos llevar por nuestras inhibiciones, la conducta queda totalmente bloqueada favoreciendo la inactividad. Otro factor bloqueante es el miedo al cambio. Cualquier situación que se viva como punto de inflexión nos conduce irremediablemente a la valoración de una nueva realidad y adentrarse en ella nos induce temor e inseguridad. La duda entonces campa a sus anchas. En muchas ocasiones, no tememos los cambios por sí mismos, sino el perdernos en el camino y dejar de ser nosotros mismos. Damos por hecho que la realidad presente, nos guste o no, es nuestra realidad y eso se convierte en motivo suficiente para no mover las cosas, ya que creemos erróneamente que incidir sobre ellas pondría en serio peligro los cimientos sobre los cuales nos hemos construido, luchando así contra un principio fundamental: la realidad es siempre dinámica y cambiante. Entramos en el peligroso terreno de confundir el no estar mal con estar bien cuando son dos cosas absolutamente distintas. El temor a no querer cambiar por miedo a empeorar las cosas y quedarnos como estamos, aún estando mal, es siempre la peor estrategia.

El miedo al fracaso suele estar siempre detrás de la actitud hamletiana de no decidir. El temor a fracasar es en sí mismo el fracaso, ya que el individuo no soluciona sus conflictos, simplemente los aplaza para más adelante, porque en este momento no está seguro de poder alcanzar sus objetivos. Lo que suele pasar es que la actitud dubitativa se alarga en el tiempo y el problema se cronifica, agravándose y aumentando el malestar interno del que nunca sabe qué hacer.

Ante cualquier decisión importante es recomendable actuar con seguridad y conocimiento de uno mismo. No podemos lanzarnos a empresas que estén fuera de nuestro alcance, pero tampoco reducir nuestra efectividad limitando nuestras posibilidades. El mejor camino para vencer a Hamlet es el autoconocimiento. Esto implica saber en cada momento cuáles son nuestras capacidades, que nos permitirán llegar a un punto óptimo de ejecución, y cuáles son nuestras limitaciones, que marcarán los límites de nuestra realización. Todos tenemos potenciales que no ponemos en práctica por desconocimiento de los mismos. Sin este autoconocimiento previo, corremos el grave peligro de cometer dos grandes errores: la sobrevaloración y la infravaloración de nuestros potenciales y limitaciones. El primer error nos conduce al fracaso seguro, por no haber calibrado de manera correcta las posibilidades de éxito, y el segundo de ellos, al temido callejón sin salida llamado frustración, donde uno siempre se hace la misma pregunta: qué hubiera sido si... Si son capaces de saltar diez metros no quieran saltar veinte, pero si realmente pueden saltar esos diez, háganlo. Lo único que necesitan es saber que pueden hacerlo y entrenarse para ponerlo en práctica. La inseguridad les conducirá a sentarse en el salón de su casa imaginando qué podría pasar si algún día alcanzaran tal marca.

El éxito en la vida queda garantizado si uno quiere hacer algo, sabe qué es y analiza cómo va a hacerlo. Lo único que quedará en manos del azar serán todas aquellas variables externas que uno no puede controlar (no se enojen con ustedes mismos si quieren ir a la playa un domingo y ese día se acerca la peor de las borrascas), pero tendrá la sensación de que domina la situación si actúa con seguridad y podrá acomodar a sus propias necesidades la aparición de factores externos incontrolables (cambien de plan, pero no olviden que es domingo y no se pasen el día lamentando que no han podido hacer lo que habían previsto). Actuando con esta actitud, difícilmente serán vencidos por las adversidades que nos presenta nuestra existencia, porque los esfuerzos estarán encaminados a la toma de decisiones, no a la duda. Cuando uno sabe hacia dónde va, el camino se vislumbra. Búsquenle un sentido a sus vidas, no duden y empiecen a andar. Recuerden a Nietzsche cuando afirmaba que «quien tiene un por qué en la vida no necesita un cómo».

www.soniacervantes.com

Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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