El primero de ellos es sin duda la creencia de que el sexo es algo natural, como una respuesta aprendida y mecanizada de manera que surge espontáneamente y los rituales vienen marcados genéticamente desde nuestro nacimiento. Si así fuera, la sexología no tendría razón de ser, pues el término disfunción no tendría cabida en un comportamiento biológicamente pautado. Lo que sí es biológico es el sexo como necesidad en el ser humano, no únicamente con fines reproductores, sino con una clara finalidad centrada en el placer. Luchar justamente contra esta fuerza o pulsión vital es lo que facilita la aparición de ciertos trastornos psicológicos cuya base es la insatisfacción de una necesidad. Otra cosa es que ese deseo desaparezca o disminuya por la confluencia de ciertos factores bloqueantes que dificultan su expresión, justamente porque, al no ser el sexo una conducta natural, hay infinidad de variables externas que pueden entorpecer su funcionamiento. Evidentemente, si el sexo fuera algo tan natural y espontáneo, la que les escribe estas letras difícilmente podría ejercer de sexóloga.
Una de las creencias más generalizadas hace referencia a la genitalización del sexo: sin penetración no hay relación sexual. De ahí que más de una vez oigamos frases como «sólo nos besamos y nos acariciamos, no hubo sexo». Lo correcto en este caso sería sustituir la palabra sexo por coito, porque ciertamente la ausencia de penetración sólo pone de manifiesto que el coito no tuvo lugar. Ahora bien, entendiendo el sexo como la experiencia que despierta todos nuestros sentidos y nos genera una sensación de placer, ¿quién se atrevería a decir que besarse o acariciarse no formaría parte de esta definición conceptual? Esta creencia ha llevado a no saber disfrutar del amplio abanico sensitivo y sensorial que implica la exploración de cada rincón de piel de nuestro cuerpo o del de nuestra pareja, focalizando toda la atención en la zona genital. Hay que tener en cuenta que el mapa erógeno de hombres y mujeres se extiende más allá de la entrepierna.
El orgasmo como finalidad es otro mito ampliamente extendido en nuestra sociedad (en culturas orientales incluso se inhibe la aparición del orgasmo para alargar la sensación de placer a través de prácticas como el sexo tántrico). De manera que si no se llega nuestra frustración anida a sus anchas. La única finalidad del sexo debe ser siempre el placer porque sólo a través de él es posible alcanzar el orgasmo y en caso de que éste no se produzca vamos a disfrutar realmente del contacto sin centrarnos en conseguir el objetivo. Cuando uno busca sólo el orgasmo, descuida todo el recorrido previo, convirtiendo el sexo es una conducta finalista encaminada a llegar a una meta, sin disfrutar del camino que nos lleva a ella. Relacionado con esto último, nos encontramos con el anhelado orgasmo simultáneo como culminación de toda relación sexual. Pues créanme, querido lectores, que es mucho más probable que les toque el gordo de la primitiva este fin de semana, por una cuestión de funcionamiento sexual: imagínense a las mujeres como una plancha que uno debe calentar para que alcance su temperatura óptima y que posteriormente mantendrá el calor durante más tiempo y a los hombres como una cerilla que prende y se apaga tan rápido como su fósforo. Díganme entonces cuándo se produce la codiciada chispa simultánea. Es posible, pero es muy poco probable.
Una de las falsas creencias contra la cual han tenido que luchar las mujeres durante muchos años es el mito del orgasmo coital. Si la mujer no conseguía el orgasmo a través de la penetración se consideraba, en términos de la época ya obsoletos, que era frígida. Posteriormente, se comprobó que la zona más erógena en la mujer es el clítoris, por lo que el empecinamiento (masculino) para que ésta alcanzara el clímax a través de la penetración luchaba contra una base biológica que contradecía el objetivo final. Se le ha dado mucha más importancia a los orgasmos coitales que a los conseguidos por otras vías cuando, en realidad, la respuesta orgásmica es siempre la misma. Es como querer llegar a Roma en coche o en avión, Roma seguirá siendo la misma lleguemos por donde lleguemos. El problema está cuando Roma no parece tan bonita si utilizamos uno u otro medio de transporte.
Y la estrella de toda creencia errónea es que los hombres sólo piensan en sexo y están mucho más dispuestos que las mujeres. Si bien es cierto que, por cuestiones hormonales, los hombres tienen menos fluctuaciones en su libido, también lo es que estos últimos años he podido comprobar en la práctica clínica que se ha producido un gran aumento en los casos de inhibición del deseo por parte de los hombres. Una de las bases reales que fundamenta esta creencia es que neurológicamente hombres y mujeres procesan el sexo de manera diferenciada: en las mujeres las áreas que regulan la sexualidad y la afectividad y los sentimientos están mucho más cercanas que en el hombre. De manera que debe producirse la confluencia de más factores que en los hombres para que estén dispuestas a la consumación, lo que no significa que sólo los hombres piensen en ello. La ventaja de los hombres es que sólo necesitan el estímulo físico para que se desencadene la respuesta.
Todos estos mitos han condicionado la manera de relacionarse sexualmente hombres y mujeres, en ciertas ocasiones porque buscaban algo difícil de conseguir (como el caso del orgasmo simultáneo) y, en otras, porque la concepción de una naturaleza discutible (los hombres sólo piensan en sexo) ha determinado la diferencia de género en la expresión sexual. De lo que no cabe duda es de que en todos los casos han empobrecido y limitado nuestra sexualidad. Así que déjense llevar por lo que sienten, libérense de sus prejuicios y entréguense a uno de los mayores placeres de la vida sin idealizarlo, porque, como suele decirse, las grandes expectativas siempre generan grandes frustraciones.
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Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








