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Convivir sin morir en el intento
23.04.08 -

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Del mismo modo que uno firma un contrato cuando adquiere una propiedad o la alquila, el paso de irse a vivir con alguien debería implicar una serie de compromisos adquiridos para poder facilitar la nada fácil vida en común. Lejos de ser un papel escrito y firmado por ambas partes, más bien haría referencia a una serie de acuerdos de convivencia que se asumirían voluntariamente. La clave para su buen funcionamiento es que no se asuma como un listado de normas a cumplir. Su eficacia reside en el hecho de que son tomados desde la libertad individual que capacita para hacer aquello que se desea y, al mismo tiempo, beneficia la convivencia porque ésta se fundamenta en la libre elección de unos principios mutuamente respetados. Uno de los grandes temas de discusión entre los miembros de la pareja lo constituye el reparto de las tareas del hogar. Si hay que convencer al otro para que realice las tareas del hogar quiere decir que no las asume voluntariamente. Tampoco conviene forzar porque puede generar la sensación de que el reparto de tareas no está siendo equitativo. Si intentamos hacer un reparto justo y equitativo lo más seguro es que fallemos en el intento, principalmente porque la objetividad en este ámbito no suele ser posible, ya que cada uno lo ve desde su propio egoísmo. No se trata de que uno se dedique sólo a ir a la compra, lavar y planchar la ropa y el otro solamente a la limpieza del hogar y hacer la cena cada día. Lo bueno es que, fruto de la negociación, los dos lleguen a asumir y compartir las tareas para que, en definitiva, puedan disfrutar más fuera de él.

Otra cuestión importante que puede ponerse en peligro en el seno de la convivencia es la invasión del espacio vital. Son muchas las personas que sienten que el otro ocupa demasiado tiempo y demasiada dedicación. Y es que no hay que confundir lo que es una pareja para siempre con estar siempre con la pareja. Esto último constituye un error sobre el cual se construyen los cimientos de la pérdida de la individualidad. Cuando uno siente que la pareja invade su espacio vital, cuando considera que le ocupa demasiado tiempo y demasiada dedicación, puede que se esté anclado en la dependencia emocional y afectiva más que en el enamoramiento productivo. Piensen que uno de los principios fundamentales para estar bien en pareja es estar bien con uno mismo. Si se siente coartada la libertad y se tiene la sensación de estar oprimido, se corre el riesgo de estar atrapado en una relación de vinculación permanente y dedicación absoluta. Lo ideal es desear la compañía del otro frecuentemente, pero no vivir con ansiedad su ausencia. Echarse de menos mutuamente es la clave para seguir estando enamorados. Y estar enamorado implica la aceptación incondicional de la pareja, que es uno de los puntos clave para el buen funcionamiento de la relación. Esta aceptación, por tanto, implica que aceptamos lo bueno y lo malo. Con las virtudes, evidentemente, no tenemos ningún problema, la cosa empieza a complicarse cuando nos damos cuenta de que, al igual que nosotros, el otro también tienen sus defectos. Ignorarlos no tiene mucho sentido porque seguirán estando ahí y, aunque intentemos hacer ver que no existen, a la larga acaban por afectarnos. Lo más positivo es hacerle saber las cosas que no nos gustan; y el otro nos debería hacer saber cuáles de nuestras manías le resultan más difíciles de llevar. Si se considera que pueden llegar a afectar el vínculo, lo mejor es apostar por el cambio en beneficio de los dos. Siempre desde la comunicación positiva basada en el entendimiento del otro desde su punto de vista, aunque éste sea divergente con el nuestro. Que el otro piense diferente a nosotros no implica que esté equivocado. Si la comunicación es positiva, lo más seguro es que no se llegue al temido terreno de las discusiones. Una buena manera de impedirlas es llevar al terreno del diálogo y la negociación cualquier discusión que se tema que pueda llegar a la bronca tremenda. Si, desgraciadamente, ésta ha tenido lugar, lo mejor es dejar pasar un poco la tormenta y retomar el motivo de discusión y conflicto en cuanto la adrenalina haya bajado sus niveles en sangre.

En realidad, en pareja no deberíamos ceder, sino conceder. La clave está en conceder porque realmente deseas hacerlo y haciéndolo no renuncias a ti mismo ni contentas al otro en detrimento de tu propia satisfacción. Si haces algo en contra de tu voluntad, esta buena intención puede volverse en tu contra. Concedemos si vamos al cine con nuestra pareja y nos sentimos bien porque sabes que es lo que le gusta, aunque una preferiría ir al teatro. En caso de hacerlo igualmente, pero sintiéndonos mal, estaríamos haciendo una cesión. Como pueden ver, en el fondo se hace lo mismo, pero las motivaciones que nos llevan a ello son distintas en cada caso.

Pero, sin duda alguna, el gran problema de la convivencia en pareja suele ser la pérdida de la chispa sexual, ya que es mucho más fácil mantener el deseo sexual que recuperarlo y su progresiva disminución es uno de los principales problemas de la pareja estable. La convivencia deteriora el deseo sexual, puesto que se cae en las peligrosas fauces de la monotonía, la rutina y la saturación sexual. Estas cuestiones deben tratarse incorporando ciertas fantasías para evitar la monotonía y la rutina, así como cierta moderación de la expresión sexual y un poco de frustración sexual para evitar caer en la saturación. Si uno quiere volver a encender el deseo, va a tener que empezar a cuidar mucho su sexualidad y luchar contra el exceso de acomodación a las mismas pautas sexuales, dejando siempre algún deseo insatisfecho y algún contacto sin realizar.

Toda pareja, cuando inicia una relación, debe pasar por un periodo de acoplamiento en el que cada uno de ellos va ajustando diferentes variables como la sexualidad, el carácter, el proyecto de vida y la escala de valores. Superada esta fase por la que toda pareja debe pasar irremediablemente, hemos ido viendo que la convivencia entraña una serie de obstáculos que la pareja debe ir superando para evitar poner en peligro su relación. En la mayoría de ocasiones, el amor suele romperse cuando la pareja ha sido vencida por todas estas dificultades. Si el acoplamiento sexual no se ha producido, si los caracteres no son lo suficientemente compatibles, si la escala de valores es antagónica o si los proyectos vitales son muy divergentes, el amor corre serio peligro. En ocasiones, incluso, ni siquiera hace falta que falle todo a la vez, es suficiente que una de estas variables se desajuste para que el vínculo se rompa. Sin olvidar que, en cuanto la pareja se consolida, empiezan a actuar los tres grandes enemigos del amor: los celos, la rutina y la infidelidad. Y este trío sí que suele ser peligroso, ya que, como decía Alphonse Karr, el amor nace de nada y muere de todo.

www.soniacervantes.com

Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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