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PEREGRINA 2008
Todo por la santa cara
Romeros de todas las edades, estilos y procedencias se entremezclaron en el camino
04.04.08 -

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Todo por la santa cara
PRIMERA PARADA. Un hombre bebe mistela en una de las barras de camino a la Iglesia. / DANI MADRIGAL
Cientos de miles de pies. Algunos descalzos. De niños, a ratos en los brazos de sus padres. De jóvenes, empujando los carros prestados del Carrefour o el Mercadona. De matrimonios, cogidos de la mano. De ancianos, ayudados por los garrotes. De Alicante y la mayoría de sus pueblos. Los que cruzaron el charco y se quedaron. Sólo chicas. Una decena de amigos. Un par de parejas. Algún solitario. Con la familia al completo. Todos muy cómodos. Con camisetas de tirantes, ellas. Con manga corta, ellos. Todos, con gorras y gafas de sol. Algunos, pantalones cortos. Otros despistados, con botas de pelo. Bajo un sol que no abrasó, caminaron juntos en la misma dirección. Aunque con destinos, motivos y creencias diferentes. A tocar la Santa Faz. A subirse en las atracciones de la feria. A comer en el campo. A ver las paraetas. O, simplemente, llegar para volver.

La característica diversidad que camina hacia la faz se unió sin revolverse en una romería más. Subiendo la cuesta, para luego bajarla más plácidamente. Ansiando arribar a los puestos donde la mistela corría a borbotones. Buscando, algunos al borde de la desesperación, los baños públicos que, tan lejos, o tan cerca de Santa Faz, enfilaban a decenas de romeros. Cualquier lugar era bueno, a la sombra o bajo ese sol generoso, para hacer un descansito, alimentarse con algún bocadillo casero o comida embolsada y reponer los vasos con alcohol.

Cañas con una ramita de romero. Aunque la ruta sea agradable, más en buena compañía, la peregrina no es lo mismo sin este palo largo que se convierte en el tercer pie de los caminantes. La blusa negra, el pañuelo al cuello y, los más frioleros, la boina. Atuendo indispensable, aunque en muchos ausente, para la andadura de siete kilómetros.

A cuatro patas iban algunos y otros así acabaron. Los que iban, eran los perros de algunos peregrinos. Y los que acabaron, los que no supieron equilibrar la bebida con la caminata y las horas de sol. Los carritos prestados, desbordados de botellas varias, mucha cerveza y pocos refrescos, con nada de agua. Las chaquetas hacían compañía a los cada vez más vacíos vidrios con el avance de la romería.

Beber a morro de una litrona y andar era tarea sencilla para muchos. Los que se hidrataban continuamente se alternaban con los pies descalzos de las promesas y los que, una vez en Santa Faz, esperarían pacientemente la cola kilométrica para hacer la señal de la cruz en la santa imagen.

Ante la lejanía de las paradas con música y la típica mistela, algunos grupos de jóvenes amenizaron su paso con radiocasetes y estilos no para todos los gustos. El comienzo de la peregrina era disperso y el avance del camino estrechaba al variado gentío. Las obras fueron en boca de algunos romeros, aunque no para criticarlas, ya que no supusieron molestia alguna para los cientos de miles de caminantes.

Madres, padres y abuelos empujaban cochecitos con retoños de muy corta edad. Algunos dormidos con su balanceo. Otros, con poca experiencia en el caminar, se agotaban a los pocos pasos y exigían, desde lo más bajo, el abrazo de sus padres. Algún enano robó la sonrisa de los peregrinos al ir trajeado como un auténtico romero, ante el evidente orgullo paterno. Con el madrugón, muchos se echaron la siesta del borrego sobre el hombro de su papi.

Cuestión de fe

Y ya que la fe mueve montañas, una romería de unos pocos kilómetros no era obstáculo para aquellos que van en silla de ruedas. Familiares y amigos empujaron con tesón, entre risas y la alegría característica de este día.

La obligada y única parada de este año, cómo no, regalaba mistela y las míticas rosquillas. Al lado, unos grandes altavoces escupían las canciones más actuales y comerciales. Los romeros más rítmicos y más hidratados bailaron al son del eurovisivo Chikilicuatre, el bacalaero himno del Hércules o el último éxito de los triunfitos. Las caderas de las peregrinas se desencajaban con el reggeaton. El suelo sufría los pisotones que rompían los vasos de chupitos de mistela, convirtiendo la pista de baile en una capa con millones de trocitos de plástico.

Y aunque en este caso sí hay camino, cierto es que se hace al andar. La parada de mistela era para un rato y la Santa Faz anhelaba la llegada de sus feligreses. A cada paso, los grupos más rezagados eran alcanzados por los que habían madrugado menos, pero andado ligeros.

El cúmulo de romeros crecía. La cúpula azul de la iglesia se vislumbraba a lo lejos. El camino terminaba, pero su fin requería unas horas de espera en una larga cola para ver la Santa Faz. Éste fue el destino de los más creyentes. Otros pasaron de largo. Algunos buscando la fresca sombra de un árbol. Otros se dirigieron a los abarrotados pasillos con paraetas. Los más atrevidos montaron en las atracciones de la feria. Y los campechanos transformaron el descampado de la pedanía en un auténtico merendero, con toldos, camping-gas para las paellas y discotecas móviles improvisadas.

Los próximos días, Santa Faz seguirá con su fiesta grande y hoy las obras continúan en la avenida que ayer albergó casi medio millón de pies. Y otras tantas manos le hicieron la señal de la cruz o pasaron la rama de romero sobre la faz más tocada de la provincia. La peregrina se despide hasta el año próximo. Estrenará nuevo camino.
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