El concepto psicológico de proactividad se define como la asunción de la responsabilidad de hacer que las cosas pasen. Decidir en cada momento qué queremos hacer y de qué manera vamos a ejecutar nuestras acciones. Su aplicación inicial, como comento en la introducción, se circunscribe dentro del ámbito laboral donde se valora y se fomenta el tipo proactivo como actitud ideal para mejorar la producción, anticipando las necesidades que se puedan plantear en un futuro y poniendo en marcha una serie de planes efectivos que permitan la adaptación a la nueva realidad. Hace referencia a la conducta activa, básicamente, en contraposición a las conductas denominadas reactivas, más orientadas a la inactividad y la escasa actitud resolutiva. Las personas de tipo reactivo suelen verse afectadas por todo aquello que les rodea, por las circunstancias, por el entorno, por los demás, por las condiciones externas, por el ambiente, etc. Están altamente influidas por todos estos condicionantes, de manera que están bien si todas las variables anteriores están bien y, naturalmente, se sienten mal cuando todo aquello que les rodea no va bien. Al mismo tiempo, focalizan toda su atención en el problema, no en la solución. Se centran en los defectos de los demás, en las deficiencias del entorno y en todas aquellas circunstancias sobre las cuales no tienen control alguno de modo que carecen de libertad para escoger sus propias actuaciones.
Por otro lado, las personas proactivas también viven inmersas en un medio, a veces hostil, así como en un entorno social, en ocasiones desfavorable, pero en todo momento deciden voluntariamente responder a todos estos estímulos. No centran su atención en el problema sino que encaminan todos sus esfuerzos y recursos en buscar una solución. Se dedican a todo aquello sobre lo cual pueden hacer algo. En este sentido, su actitud es siempre positiva, dirigida a la acción y a la resolución. Cabe dejar claro que no se debe confundir proactividad con hiperactividad o activismo ya que no implica una actuación rápida y precipitada sino justamente todo lo contrario: se caracteriza por una acción voluntaria y meditada. Ser proactivo no tiene nada que ver con ser impulsivo.
Desde la proactividad se gestionan positivamente las emociones y las actitudes (no podemos controlar aquello que sentimos pero sí nuestro comportamiento). La manifestación es siempre asertiva, exponiendo los argumentos directa y honestamente respetándose a uno mismo y a los demás. La proactividad genera confianza en quien la practica y le impulsa a asumir nuevos retos teniendo muy claras las propias limitaciones. Se toma la iniciativa y se inicia la acción, transformando los problemas en oportunidades desde la perseverancia y sin abandonar fácilmente. En caso de fracasar en el intento, se asume y se aprende de ello.
La mejor estrategia para dirigirnos hacia una actitud activa y resolutiva es centrar nuestros recursos sobre nuestras capacidades, ganado seguridad a través de conductas que nos reafirmen como individuo, confiando más en nosotros mismos para poder confiar más en los demás, aprendiendo a no quejarnos y a buscar soluciones. Sin tendencias a posponer o delegar nuestras responsabilidades o a evitar su cumplimiento y asumiendo una motivación por todo cuanto hacemos, teniendo muy claro que sólo se nos da una oportunidad para vivir nuestras propias vidas y que nadie lo hará mejor que nosotros mismos.
Pruébenlo y verán cómo ciertas actitudes que nos impiden avanzar tienden a desaparecer en cuanto se den cuenta de que el último y único protagonista de todo aquello que les sucede son ustedes mismos porque, como decía Charles Dickens, el hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta.
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Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








