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El mal de Otelo
05.03.08 -

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En el siglo XVII el genial dramaturgo inglés William Shakespeare nos alertaba del peligro de los celos, encarnados en el famoso personaje de Otelo. Un hombre atormentado que sólo vive para calmar sus ansias de venganza ante la sospecha de que su mujer le es infiel. El trágico final ya alertaba hace cuatrocientos años de las fatales repercusiones que sobre el comportamiento humano tiene el mal de la celotipia.

Hay quien afirma, en pleno siglo XXI, que si no se es celoso es porque no se ama. Los celos, más que una manifestación de amor, son una muestra en toda regla de las inseguridades del individuo en general y de su inseguridad personal en particular. Éstos se definen como el síndrome psicofísico asociado al miedo de la pérdida del sujeto amoroso que se manifiesta en forma de ansiedad, agresividad, tensión, angustia y otras somatizaciones. Son fruto de una baja autoestima y de una falta de seguridad porque el que ama desde estos criterios, creyéndose inferior, teme que su pareja pueda encontrar otra alternativa mejor fácilmente a su propia persona y vive constantemente preso y víctima de sus temores.

Los celos son la consecuencia natural de la confluencia de tres factores: el amor hacia una persona en particular, el amor pro pio del individuo y la inseguridad personal. Si se ama a alguien desde la inseguridad, el temor a perderlo se convierte en el principal motor de la conducta. De este modo, no se es celoso por querer y por miedo a perder, se es celoso porque se construye la relación amorosa desde la inseguridad personal. Por eso es un error evitar las relaciones amorosas por miedo a caer en los brazos de los temibles celos. Toda conducta de evitación siempre está encaminada a huir del conflicto sin resolverlo, es preferible trabajar psicológicamente para fortalecer la autoestima y así reforzar la seguridad.

La mayoría de personas son más inmaduras que maduras y, en este sentido, han experimentado en un momento u otro, fruto de esta inmadurez personal, el mal de los celos. Los más comunes son aquellos que nacen con una raíz real: la persona tiene motivos para ellos y, además, su expresión emocional es una respuesta proporcionada a la magnitud de los hechos. En este caso, con cierta dosis de madurez personal, se puede llegar a controlar la respuesta psicológica ante una evidencia. La peor cara de los celos, la celotipia, está constituida por la expresión emocional patológica a unos hechos irreales, fruto del pensamiento inseguro y enfermizo de la persona que los padece. Es por eso que, en algunos casos graves, la personalidad del celoso puede estar constituida por un perfil paranoico, rasgo que le lleva a percibir la realidad de manera distorsionada. La fijación enfermiza de tales ideas queda anclada en lo más profundo del individuo y es prácticamente imposible convencerle de lo contrario. Suelen ser personas extremadamente posesivas, emocionalmente dependientes y con carencias de autonomía. En el fondo de todo ello encontramos casi siempre una personalidad débil, con grandes carencias a nivel afectivo. Esta última modalidad de celos parece estar en el origen de muchos de los conflictos graves de pareja porque constituye la base de la desconfianza, del temor e incluso del uso de la violencia dentro del seno conyugal.

Lo peor de este tipo de situaciones es que el sufrimiento siempre se multiplica: el celoso lo pasa realmente mal, padeciendo constantemente los azotes de su desconfianza; pero la persona que está a su lado sufre terriblemente, víctima de la actuación del otro. Es justamente cuando se llega a estos extremos en que el celoso o la pareja recurren a la ayuda profesional porque ven que el sufrimiento padecido e infringido es enorme y desean poner remedio. Porque no olvidemos, como decía Molière, que quien es celoso ama más pero quien no lo es ama mejor. Y soy de la opinión de que en cuestiones de amor, como en la mayoría de las cosas, vale más la calidad que la cantidad.

www.soniacervantes.com

Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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