
El perfil actual de nuestro Peter Pan es mayoritariamente un hombre adulto de 30 a 40 años que nunca ve el momento adecuado para irse de casa (dejando de lado las actuales dificultades económicas y de vivienda en las que nos vemos inmersos). Son personas con una vida social propia de un adolescente, se niegan a asumir responsabilidades y piensan únicamente en el ocio y la diversión sin tener en cuenta las consecuencias de sus propios actos, conductas propias del sujeto emocionalmente inmaduro. La verdad es que todos llevamos un niño dentro, por muy adultos que seamos o pretendamos ser. La diferencia entre una persona madura y otra que no lo es está en el hecho de saber compaginar la dicotomía entre lo que uno quiere hacer y lo que uno debe hacer. Peter Pan siempre se decanta hacia el plato de la balanza que satisface sus deseos, negándose a inclinarse hacia el que tiene todo el peso de las obligaciones y las responsabilidades.
Visto así parece que todos desearíamos caer bajo las fauces de dicho cuadro donde seguiríamos viviendo en el país de Nunca Jamás, ese sitio paradisíaco donde jamás (valga la redundancia) nos llega la factura de la hipoteca o nos suena el despertador a las siete de la mañana de lunes a viernes. Y es que, no nos engañemos, la infancia suele ser, por norma general, esa etapa vital de mayor felicidad donde uno no tiene conciencia de la existencia de problemas porque otros (padres, maestros, abuelos, hermanos, etcétera) se encargan de solucionarlo todo y, claro, seguir viviendo así eternamente se hace extremadamente atractivo. Lo malo es que la inmadurez perenne tiene un alto coste psicológico, una factura a pagar mucho más pesada que la de nuestra hipoteca: la inseguridad, el miedo a la soledad y permanecer centrado en uno mismo viviendo una vida sin firmeza y sin estabilidad. La persona inmadura emocionalmente no está hecha para la vida adulta porque carece de todo compromiso, no se compromete porque cree que es un obstáculo para su libertad. No se responsabiliza de sus actos porque cree que otros sí lo hacen y se siente permanentemente insatisfecho con lo que hace y con lo que tiene, pero jamás toma la iniciativa ni hace nada para solucionar su situación.
Si queremos que el niño adulto crezca es esencial que él mismo sea capaz de darse cuenta de que su actitud es altamente inadaptativa dentro de su etapa evolutiva actual y debe asumir que tiene un problema. Las personas que están a su alrededor deberían permitir que se enfrente a la realidad y asuma las consecuencias de su comportamiento (todo aquello que él no haga por falta de responsabilidad, no deberían hacerlo en su lugar las personas más cercanas para salvarle la papeleta). En vez de consolarle o darle una palmadita en el hombro ante sus continuas quejas, hay que dejar que sea él quien tome las iniciativas para cambiar su situación. En definitiva, dar el flotador al niño para que consiga llegar hasta la orilla sin tener que cargarlo a nuestras espaldas mientras intentamos que ninguno de los dos se hunda en el intento.
Como decía James Matthew Barrie, el padre de nuestro famoso niño, el secreto de la felicidad no está en lo que uno quiere hacer, sino en lo que debe hacer. Eso sí, permítanse de vez en cuando dejarse llevar por el mágico aleteo de campanilla porque no es cuestión de acabar con el niño, simplemente debemos dejar que sea al adulto el que controle la situación.
Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








