
Básicamente sólo existen dos razones para permanecer junto a alguien que nos maltrata psíquica o físicamente: miedo y/o pena. Detrás de estas dos emociones se esconde el temor a abandonar la situación actual por miedo a la reacción del torturador y la asunción, errónea, de que el maltrato es sólo un episodio aislado justificado que no volverá a repetirse. La pregunta que todos nos hacemos ante la triste evidencia de las cifras es la siguiente: ¿Qué empuja a un ser humano a cometer tales acciones contra la persona amada? Son varios los datos que nos aportan los estudios psicológicos sobre el perfil del maltratador. En un primer lugar, existe un alto riesgo de convertirse en maltratador si el individuo fue víctima o testigo de malos tratos durante su infancia, ya que es precisamente en esta etapa donde el niño aprende a ser violento y adopta la violencia como una manera natural de relacionarse con los demás y conseguir lo que desea. El uso de la violencia como principal instrumento para lograr metas camufla, bajo una falsa coraza de fortaleza, una personalidad patológica con muchas carencias a nivel psicológico y una baja autoestima o valoración de uno mismo que conduce al individuo a adoptar la posición defensiva de atacar antes de verse atacado. Normalmente, la mujer agredida tiene más recursos psicológicos que el agresor y éste, por miedo a verse superado, agrede. Paradójicamente, teme ser vencido. Lo que ocurre es que, con el tiempo, la mujer acaba asumiendo un falso modelo de pareja que explique su realidad, dando más importancia a las necesidades de los demás, entre ellas las de su cónyuge, valorándose muy poco a ella misma y mermando su personalidad. En la raíz del problema siempre se encuentra una gran inseguridad que, unida a rasgos característicos indicadores de una personalidad posesiva y violenta, desencadenan un auténtico infierno personal en la víctima: el maltratador, dependiente y celoso patológico, acaba dominando completamente a su pareja ante el miedo del abandono. Muchos de ellos siguen anclados en una escala de valores sexista bajo la cual hacen creer a sus parejas que deben seguir las directrices de convivencia que ellos marcan, obedeciendo sus órdenes. Si a esa escala de valores fundamentada en valores sexistas, le añadimos la inseguridad, la dependencia emocional, la poca resistencia a la frustración y el carácter puramente violento queda constituido el grupo de referencia del que surge el hombre maltratador. A todo esto se une una persona que, por miedo a escapar de la situación y a las posibles represalias, lo sigue consintiendo, convirtiendo la convivencia en pareja en una espiral de violencia que en muchas ocasiones tiene un desenlace fatal para la víctima.
El uso de la violencia dentro del contexto de la pareja promueve relaciones dependientes, enfermizas, difíciles de romper porque se establecen distintas dinámicas en la víctima que psicológicamente la incapacitan para tomar la decisión de romper el vínculo. La primera de ellas se circunscribe a la subordinación y pasividad de la mujer ante la prepotencia del hombre. La inseguridad de la víctima llega a tales extremos que pierde su propia personalidad y adopta la de la pareja, si no se reacciona, se mantiene este esquema indefinidamente. La segunda hace referencia al modelo bipolar sadomasoquista en la que la mujer es, hasta cierto punto, consciente de lo que está ocurriendo y alterna fases de sumisión con otras de rebeldía. Este círculo de sadismo y masoquismo se cierra cuando el agresor se da cuenta de que su dominio implica un doble vínculo porque él, en cierto modo, también depende de ella para poder sentirse superior. La última dinámica puede producirse al inicio del proceso o como resultado degenerativo de las dos anteriores. Es la variante dependiente destructiva en la que la mujer, sometida a malos tratos físicos o psicológicos, es consciente de lo que ocurre pero no suele reaccionar por falta de fuerza y por miedo a las represalias. En esta situación, como no se atreve a acabar con el torturador, se agrede a sí misma, a través de la psicosomatización o conductas autodestructivas. Esta dinámica suele ser la de peor pronóstico por eso se hace necesario la rápida reacción ante los torturadores.
Se nos plantea aquí un problema de difícil solución que debería albergar la intervención de todas aquellas instituciones públicas que, por un lado, apoyen y protejan a las víctimas animándolas a vencer sus temores y a tomar la decisión de abandonar a sus parejas y, por otro, intercedan precozmente a nivel de prevención en una educación fundamentada en la igualdad de género y el respeto hacia los demás, censurando todas aquellas actitudes y comportamientos que generen violencia. De igual modo que existe, tristemente, la figura del maltratador también existen personas dispuestas a luchar contra la violencia de género y contribuir a la disminución de las escalofriantes cifras. De este modo, sigue siendo posible el establecimiento de relaciones basadas en la convivencia armónica de dos personas que se aman y se enriquecen mutuamente con el vínculo.
Como dijo Victor Frankl, neurólogo y psiquiatra austríaco, el hombre es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración.
Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.








