
Un equipo médico de los hospitales de Elda y Villajoyosa y diversos facultativos de otras regiones españolas viajaron a finales del 2007 a Togo, con el fin de continuar la labor comenzada hace nueve años por la Fundación Fernández del Cotero de Santander. La expedición alicantina, que regresó al país subsahariano por octavo año consecutivo, financiada por el Rotary Club Elda Vinalopó, ha logrado a lo largo de este tiempo disminuir notablemente el porcentaje de ceguera causada por el tracoma, el pterigiun y las cataratas. La emoción de los togoleses al volver a ver la luz sólo es equiparable a la satisfacción de este equipo de cirujanos y personal sanitario.
Más que oftalmólogos
El proyecto humanitario, que comenzó con fines exclusivamente oftalmológicos, ha ido creciendo en cuerpo y alma a lo largo de los años tras observar algunos de sus facultativos, entre los que se encuentran los doctores José y Pablo Vélez de Elda, las acuciantes necesidades y las decepcionantes limitaciones con las que tiene que lidiar la población de la Sabana.
Son hechos consumados del notable desarrollo de esta acción humanitaria el equipo de traumatólogos alicantinos que acude a la cita, en paralelo, desde hace cuatro años, lo mismo que el nuevo equipo oftalmológico murciano, coordinado por Azul en Accción que, este año y por primera vez, viajaba a Togo, inmediatamente después de los dos grupos anteriores. El objetivo era ampliar el número de operaciones y concluir las revisiones facultativas de las intervenciones quirúrgicas realizadas por sus compañeros durante las dos semanas anteriores.
Pero, además, hoy en día los cirujanos que empezaron operando en el hospital general de Dapaong -una de las zonas, situada al norte, más deprimida de un país ya de por sí condenado a muerte, enfermo por una dictadura recientemente derogada y una falta endémica de recursos económicos-, llegan a través de consultas itinerantes a diversas aldeas, centros sanitarios y maternidades gobernadas por misioneros españoles -«conocerles ha supuesto volver a creer en Dios, aunque da la sensación de que algún Dios no hace sus deberes»- y operan en un hospital español dotado de alta tecnología y donado por el Gobierno de Cantabria en el año 2002, gracias a las gestiones de la Fundación Fernández del Cotero.
El hospital y los 2.300 kilómetros recorridos por el equipo itinerante, a través de carreteras imposibles y a cuarenta grados dentro de las camionetas, para transportar la medicina a aquellos que no pueden ir en su busca, supone una grata, aunque inconclusa, victoria para este proyecto. Una pequeña, o mejor, insuficiente batalla dentro de esta guerra contra la ceguera, el dolor y la miseria.
El saldo es de 90 operaciones, en su mayoría de cataratas; 500 consultas hospitalarias y más 600 itinerantes, en las que se detectan enfermedades oculares como el tracoma, además de graduaciones y prevención de otras posibles causas de pérdida de visión. Esto sólo en cuanto al resultado obtenido por el primer equipo oftalmológico.
Unos días después, las doctoras Renata Fau de Gijón y Alicia Rezola de Villajoyosa, acompañando a los integrantes de la ONG Azul en Acción, realizarían alrededor de 120 intervenciones quirúrgicas, previstas y organizadas por el anterior equipo oftalmológico y con el material sanitario necesario previamente donado para tal fin.
Por su parte, los traumatólogos alicantinos, dirigidos por Javier Sanz, cirujano en el hospital de Elda, y subvencionados, este año, por la ONG Oasis, llevaban a cabo 122 consultas y 40 intervenciones quirúrgicas, 33 de ellas en niños con deformaciones en rodillas y pies, quemaduras, úlceras y malformaciones congénitas, que recuerdan, incesantemente, los estragos producidos por la polio.
Resultados brillantes
Cabe destacar que a lo largo de siete años y nueve expediciones se han operado unas 1.400 cataratas, tratado 2.000 casos de tracoma y entregado más de 2.000 gafas, otro tipo de ceguera que por lo poco espectacular apenas se tiene en cuenta.
En traumatología, y desde el año 2003, se han efectuado 1.173 consultas y 130 cirugías, 90 de ellas en niños. Y cabe destacarlo porque el dolor y la miseria evitados por las manos y el corazón de estos médicos españoles -un africano del lugar en condiciones normales tiene escasas posibilidades de sobrevivir, ciego o mutilado no tiene ninguna- es la piedra angular del proyecto español que acude prácticamente en solitario a este país subsahariano donde un puñado de misioneros, con valor y bondad implacables e impecables, sustituye con creces la parafernalia de los grandes organismos internacionales «dedicados al negocio de la ayuda humanitaria, enarbolando la bandera del coraje, del amor y de la caridad sin apellidos».
Aunque las cifras -todas y cada una de ellas con nombres y apellidos, con rostro, algunos ya conocidos y amigables-, van por delante y justifican en sí mismas el coste económico y el esfuerzo humano de la expedición, resulta imprescindible resaltar otra razón incuestionable que requiere de este esfuerzo, y que no es otra que la continuidad del proyecto, ya que, como datos objetivos, hay que apuntar que el seguimiento médico a lo largo de la década ha mejorado notablemente las enfermedades oculares en la región de la Sabana. Baste decir que hace ocho años el tracoma producía un 30% de ceguera entre los habitantes de esta área geográfica y hoy la incidencia es del 3%.








