
Desde septiembre pasado, el centro se ha convertido en pionero, en la manera de transmitir los conocimientos. Han desterrado gran parte de sus encerados tradicionales e instalado pizarras digitales, un medio que permite la utilización de los últimos avances tecnológicos que tanto gusta manejar a los adolescentes. Son iguales que grandes pantallas de televisión, colgadas en la pared.
Solas no sirven para nada. Su conexión a un ordenador las convierte en un instrumento didáctico cuyas posibilidades están siendo exploradas todavía por los profesores, después de tres meses de uso, según explica la directora, Beatriz Carretero. Lo que sí está claro, de momento, es que los alumnos están encantados con la irrupción de los medios tecnológicos en sus aulas, unos medios que les hace las clases más amenas y, sobre todo, les permite completar en el acto la materia que se les está impartiendo.
Una fuerte inversión
La directora, que es profesora de matemática, lo ilustra con un ejemplo. «Cuando explico el teorema de Pitágoras, además de disponer de unas figuras geométricas perfectas en la pizarra digital, le doy a una tecla y los alumnos pueden ver la información que les proporciona Internet sobre el matemático griego»
El proyecto empezó a gestarse el pasado curso, cuando la dirección recibió un correo electrónico en el que se informaba sobre el Smart board, es decir, la pizarra digital, y la empresa ofrecía una demostración. La directora y otros responsables del centro educativo no se lo pensaron dos veces y fueron a comprobar si la pizarra era tan estupenda como parecía.
No quedaron defraudados. El único inconveniente era el precio de cada pizarra, en torno a los 2.000 euros. Echaron manos de los «ahorrillos del instituto», de donativos de los padres y de las ayudas del programa PROA, un dinero que el Ministerio de Educación dedica a las clases de refuerzos para los alumnos que necesitan ponerse al nivel de la clase. Luego vinieron los cursillos formativos para los profesores y el mes de septiembre de 2007.
Ocho pizarras digitales fueron instaladas. Por supuesto no hay en todas las aulas, sin embargo los 850 alumnos de secundaria, bachillerato y ciclos formativos pasan todas las semanas una o varias veces por una clase con pantalla digital.
Con el dedo
Aunque la inversión inicial ha sido fuerte (16.000 euros), lo bueno de las pizarras es que no necesitan mantenimiento. Se escribe con unos punteros y una especie de lápices, que no lo son y no marcan, pero que definen los colores que se quiere emplear en la escritura. Se borra con la mano.
La gran ventaja, insiste la directora, consiste en que el profesor puede preparar sus clases en su ordenador personal, en su casa, donde baja de Internet, por ejemplo, el material complementario, almacenar todos estos conocimientos en un lápiz de memoria y al llegar el aula, sólo tiene conectarlo al ordenador. Toda la información se vuelca y se puede usar en la pizarra digital. Otra ventaja consiste en que, con sólo tocar la pizarra, el profesor puede volver a dos o tres pantallas anteriores para explicar de nuevo o puntualizar algún aspecto.
Todavía hay más. Profesores y alumnos pueden en cualquier momento escribir sobre los croquis e imágenes que aparecen. Además, la pizarra sirve para hacer ejercicios. Es extremadamente útil para las clases de refuerzos y para las clases de idioma que se imparten a los estudiantes extranjero.
Asimismo, todos los apuntes dando en clase en la pizarra, demostraciones, información complementaria e, incluso, exámenes son colgados a diario en la plataforma de internet que tiene el instituto. De esta manera, cualquier estudiante que no puede asistir a clase por razones de salud, por ejemplo, tiene acceso el mismo día a las clases que se han impartido en su ausencia.
Este proyecto de innovación pedagógico está siendo seguido muy de cerca por el Cefire, el centro de profesores.









