Tampoco está mal escogido el reparto; los actores, al menos a juzgar por este primer episodio, parecen bien dirigidos, esto es, que hacen lo que tienen que hacer. Sirva eso para proclamar que Sin tetas no hay paraíso es una serie de buen nivel técnico.
Harina -o, en este caso, cocaína- de otro costal es la evaluación del relato desde el punto de vista ético, del mensaje, de lo que nos quiere contar. La promoción de la productora, con esa gracia que tiene esta gente, dice que la serie es «un relato dramático con un profundo mensaje social sobre cómo el materialismo y el dinero fácil arruinan la vida de muchos jóvenes». Lo de la profundidad suele depender de lo hondo que cave uno, y la verdad es que últimamente no se cava, sino que apenas se araña la superficie. En cuanto a la crítica del materialismo, estaría bien si aportara una alternativa, pero aquí no hay. Es verdad que esto deja abierta una ventana positiva: la insinuación de que no es posible salir del más sórdido materialismo si no se plantea un modelo de orden superior, pero tal sugerencia, en esta serie, es completamente involuntaria. Al revés, el verdadero reclamo de Sin tetas no hay paraíso es la fascinación que produce la exhibición del mal. Esa fascinación es tan vieja como la conciencia del bien -o sea, tan vieja como la humanidad-, pero su función narrativa no puede agotarse ahí, so pena de convertirse en una apología de lo peor. Sin tetas no hay paraíso lideró el prime time del miércoles con casi cuatro millones de espectadores.





