
Fue ayer domingo 23 de diciembre, víspera de la fiesta de Nochebuena cuando este hombretón guardamarenco salió por las calles de la localidad de las dunas a reencontrarse con esos amigos pequeños, los niños, que tanto le gustan.Con esta celebración, el Ayuntamiento de Guardamar rinde todos los años homenaje a sus tradiciones representadas en este caso en un conocido personaje de la localidad de finales del siglo XIX, que se hizo famoso por su estatura y su fuerza, adquirida a base de comer y comer bollos, de ahí el apelativo cariñoso que recibe en Guardamar.
Según cuentan los mayores de la localidad, este vecino tenía una fuerza descomunal en sus 2,35 metros de altura. Desde pequeño, el Menjabollos poseía tanta fuerza que podía subir al tejado de las casas a cualquier adulto que le molestara. Y allí lo dejaba, castigado en las alturas hasta que se le pasaba el enfado.
También cuenta la leyenda, que él solo abrió las compuertas en la inauguración del canal bajo la atónita mirada del Rey. La comitiva del gigante y su cohorte de niños iniciaba su recorrido a las once de la mañana desde la puerta de la Casa de Cultura donde los niños que salieron a su encuentro recibieron un obsequio navideño.
A continuación Menjabollos se dedicó a deambular y danzar con un pasacalles amenizado por las charamitas de la colla de dolçainers de la escuela de música tradicional de Elche. De este modo el gigante realizaba el periplo por diversas calles del casco urbano, hasta llegar finalmente a la Plaza de la Constitución, donde los niños y el gigante bailaron en perfecto compás y armonía, con los enanos y los cabezudos, la conocida danza de los niños y el gigante.
Por la tarde a primera hora antes de que la noche invernal se echase encima de las dunas, las los niños disfrutaron de la merienda que el gigante Menjabollos ofrece a los niños para que éstos se la coman y puedan ser tan altos y fuertes como su amigo gigantón, una merienda basada en la tradicional mona y chocolate que causa las delicias sobre todo entre los más pequeños, que acuden hasta la Plaza de la Constitución, y con la mirada complaciente de aquellos que también danzaron años antes a los sones de este vecino singular, sus padres.








