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La paga no me llega
Jóvenes y adolescentes se quejan de que con lo que les dan sus padres no tienen para nada, mientras los expertos recomiendan que la cuantía sea acorde al esfuerzo
09.12.07 -

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La paga no me llega
Reyes Lengaran, Jagoba Carrasco, Txomin Martínez, Arantza Saratxaga, Aritz Medina y Olga Arjona. / F. G.
Como manirroto y un pelín exigente, cabría calificar a M.A.S., un muchacho sevillano de 22 años que el pasado marzo acudió a los tribunales para pedir al juez que ordenara a sus padres que le subieran la paga. «Desde la entrada del euro, no me da», planteó el joven sin miramientos. Delito tenía por cuanto la cantidad que el chico recibía al mes -150 euros- procedía del único ingreso familiar que en ese momento llegaba a casa: un subsidio de desempleo de 700 euros de su padre. Cantidad que, además, había que estirar y estirar hasta fin de mes porque había que dar de comer al matrimonio y dos hijos más.

El Juzgado de Primera Instancia número 4 de Dos Hermanas (Sevilla) desestimó la petición de M.A.S.: «150 euros es una ayuda suficiente, teniendo en cuenta que el reclamante recibe alojamiento, alimento, ropa y servicio de limpieza y costura de su madre», señalaba la sentencia. «Si rechaza comer o elegir ropa es sólo cuestión que a él incumbe», proseguía el dictamen del tribunal, por lo que «tampoco podrá obligar a sus progenitores a sustituir su manutención por una aportación económica, a menos que lo elijan así».

Y para quitar a otros chicos las ganas de interponer nuevas demandas, el fallo precisaba que, «desde la perspectiva del Derecho, la actitud de los padres que cargan con los gastos de los estudios universitarios de hijos mayores de edad, de manutención y vestido, e incluso de ocio no responden a una obligación jurídica, sino a un impulso moral o ético que anida en las familias». Por lo que «esto no puede ser exigido jurídicamente, una vez que el Estado ha cubierto esa necesidad mínima mediante la enseñanza básica obligatoria y gratuita».

Huchas millonarias

Lo que precede es quizá un despropósito de un joven con demasiadas luces, o demasiadas pocas. Pero no quita que la entrada del euro cambió muchos aspectos de nuestra vida diaria: la cuenta de la tienda, los salarios, los impuestos, la paga que dan los padres a sus hijos, lo que ésta da de sí... Miguel González, presidente del Foro de la Infancia y la Adolescencia, es de la opinión de que la generación actual de adolescentes (entre 15 y 19 años) es «la más rica y con mayor poder adquisitivo de la historia». Hasta el punto de que la entidad que dirige cifra en 1.600 millones de euros los ahorros que atesoran los chavales en huchas y cuentas de ahorro. «Nuestros jóvenes tienen demasiadas cosas y caprichos inexplicablemente financiados por sus padres, manejan dinero», añade.

La 'paga', concepto que en otros tiempos era privilegio de unos pocos, parece haberse convertido en una obligación común entre la mayor parte de los progenitores (ocho de cada diez familias la dan y suman otro gasto a su economía doméstica) y en una costumbre que, «oh, por favor, no debe fallar» para algunos hijos. Encuestados 1.449 chavales de ambos sexos de 161 municipios distintos, el Instituto de la Juventud (Injuve) ha hecho números y establecido en 20,23 euros la asignación semanal media que reciben los españoles de 15 a 19 años. Entre los que no faltan los que dirán que es una cicatería y que con un billete de veinte apenas llega. Un cine, una hamburguesa, un cedé pirata, y poco más.

«Tendría que verme negociando con mi madre», recuerda hoy una mujer de 27 años recién hipotecada. «Mi paga eran 2.000 pesetas cada fin de semana, cosa que no llegaba ni para comprar una bolsa de pipas, así que cuando llegó el euro intenté sisar algo y dije que me dieran 15 euros, con lo que yo saldría ganando unas 500 pesetillas». Hasta que la madre sacó del bolso el supercalendarioeuroconvertidor y, decimal arriba decimal abajo, se plantó en los doce euros. «Con eso encima recibía tres pesetas menos, así que en un intento desesperado le dije, '14 euros y aún te estoy haciendo un favor...', pero ni con ésas», recuerda. Al final, acordaron que serían trece, aunque hubo nuevos intentos de alcanzar los catorce, «con la excusa de que el trece es el número de la mala suerte...».

Gerardo Castillo, doctor en Pedagogía, profesor del Departamento de Educación de la Universidad de Navarra y autor de una veintena de libros, entre ellos, La aventura de hacerse mayor (Pirámide, 2005), aconseja a los padres no utilizar argumentos del tipo 'mis hijos tendrán lo que yo no tuve'. «Eso es utilizar a los hijos para liberarse de un complejo personal que no se supo eliminar a tiempo. Por otra parte -advierte-, prepara más y mejor para la vida tener poco que tener y gastar demasiado. Cuando se tiene poco se lucha; cuando se tiene demasiado se afloja. Son bien conocidos los casos de quienes levantaron una empresa de la nada que luego hundieron sus hijos por darles una vida fácil».

Claro que conviene tener en cuenta un factor inexistente en la generación del pedagogo: el teléfono móvil, esa «imprescindible» necesidad para nueve de cada diez chavales que gustan de sentirse permanentemente «comunicados». En el 56,9% de los casos es el padre o la madre quien paga la factura o la recarga de la tarjeta y también en la mitad de los casos son los progenitores los que compran el aparato. El resto lo incluye entre sus gastos, también la factura, aunque los números del Injuve dejan entrever que son los padres de las chicas quienes, a diferencia de los que tienen hijos varones, pagan en mayor medida las facturas del uso del celular. La inversión en ropa también suele ser uno de los gastos más discutidos: una solución es considerarlo un gasto compartido.

Objetivo de las marcas

«Los chavales se han trasformado en uno de los objetivos más atractivos para publicistas y anunciantes, tanto por el dinero que gestionan (paga y regalos en metálico), como por su fuerza en la toma de decisiones en la compra familiar», explican en The Kids & Teen Group, una agencia especializada en marketing infantil, que crea estrategias comunicativas dirigidas a niños y adolescentes.

En el Centro de orientación familiar Lagungo de Bilbao, la psicóloga Mónica Taibo se preocupa por hacer entender a los adultos que la paga es la herramienta para introducir a los niños en la economía del consumo y el ahorro. «El adolescente necesita el comprar como el comer. Puede llegar a ser manipulador y machacón». Taibo plantea establecer la paga como «el sueldo mensual» del pequeño. «En un trabajo, el salario hay que ganárselo. Pues en este caso, también», advierte. En su libro Padre pobre, padre rico para jóvenes, el escritor hawaiano Robert Kiyosaki propone elaborar con los críos una lista de gastos habituales y explicarles la relación entre ingresos, gastos, pasivos y activos. Como banqueros.
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