Hay países que flotan bien, como Francia (3.09.93), Estados Unidos y Rusia. Por ese orden fueron oro, plata y bronce en la final olímpica más veloz, la de 4x100 libres. Hace cuatro años, en Pekín, el equipo americano estiró lo suficiente la mano para batir a Francia por ocho centésimas. Ayer no. Phelps y Lochte quedaron amputados ante el empuje galo del joven Agnel. Dulce venganza.
Hay elegidos capaces de enfrentarse a lo imposible. Como Amaury Leveaux, Fabien Gilot, Clement Lefert y, sobre todo, Yannick Agnel, un tallo de 20 años nacido junto a la plaza de toros de Nimes. Él se encargó de dar una cornada profunda a Estados Unidos. De devolvérsela. Si derrotar a Phelps era imposible hasta hace dos días, vencer a su verdugo, a Lochte, supone otra tarea colosal. Y si, encima, hay que ganarles a los dos juntos, la misión suena irrealizable. Pues no. En Francia hay tipos capaces de eso.
Se esperaba a Australia. A Magnussen, el nuevo patrón. Se iba a medir a un tiburón de dos cabezas. Tenía cita con Phelps, su tremenda envergadura, su desafío de sumar más medallas que nadie. Y con Lochte, el súrfer, la ola humana, la máquina de gimasio.
Ahora que Michael Phelps está llegando a la orilla, a su final, el mar rectangular de la piscina se llena de tiburones que reclaman su territorio. Pero ayer no era el océano de Magnussen. Su posta, la inicial, no deslumbró. Le batió el estadounidense Adrian. Phelps, que le dio relevo, amplió la brecha. La orquesta preparaba el himno americano. Australia hacía agua. Pero detrás sacaba la aleta otro rival, el del Pekín 2008, Francia. Viejo duelo. Cuenta a saldar.
El galo Lefert partió el agua. Le metió adrenalina a la final y dejó casi en empate el relevo final: Lochte ante Agnel. El coloso y el pez. Agnel es menos completo, pero más rápido en distancias cortas. A los 50 metros ya le había alcanzado. Ahí, en el giro, se sumergieron los dos. Lochte, con sus piernas de muelle, salió catapultado. Agnel perdía. Qué va. Resistió y gota a gota le atrapó. En esos 15 últimos metros que lo son todo, le pasó. Francia le quitó a Estados Unidos el oro que quizá mereció en Pekín.
Hace cuatro años, Phelps pidió ayuda para ganar sus ocho oros. En aquellos Juegos el relevo 4x100 pendía de un hilo. En la posta final, en esa carretera de agua, el francés Alain Bernard tenía ventaja. Trabaja de policía, pero ese día no supo regular el tráfico. Le pasó el más inesperado de los americanos, Jason Lezak. Estiró lo justo la mano para, por ocho centésimas, batir al equipo francés y asegurar la gesta de los ocho oros de Phelps. Ayer, Bernard, tremendo perímetro pectoral, fue excluido del equipo galo para la final. Francia acabó sin él el trabajo pendiente. Cerró la herida de Pekín 2008 en Londres 2012. Y ante el dúo perfecto: Phelps y Lochte. Eso mide su gesta
Phelps sumó ayer su decimoséptima medalla olímpica. Ya está a solo una de la gimnasta Larissa Latynina, la deportista más laureada. Pero el hombre-pez no está acercándose a la vieja atleta como quería. Buscaba dejar una huella de oro en su despedida como nadador. Y lleva un tropiezo (cuarto en 400 estilos) y la plata de ayer. Phelps ya es historia, pero no es tan fácil como parecía quedarse solo en la primera página.