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Voeckler es más de lo que parece

CICLISMO

Voeckler es más de lo que parece

El francés firma otra gesta y gana en Luchón, donde Wiggins ata a Nibali y acaricia su primer Tour

19.07.12 - 01:05 -
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El sillón reservado a Bradley Wiggins en el lujoso autobús del Sky está lleno. Tiene dos ocupantes: el león de peluche que le dan cada día al líder del Tour y un bote de protector solar. Así es el Tour de Wiggins: un paseo al sol. Pedalea tranquilo con dos piernas y con su mano derecha, con su fiel Froome. Ayer, en esa fábrica de recuerdos que son los Pirineos, todos los favoritos subieron al compás del Sky. Arrodillados ante el rey inglés en los templos del Aubisque y el Tourmalet. Evans ni siquiera pudo soportar a los gregarios del líder. Acabó segado en el Aspin. Goteando sudor. Y con cada gota, un trozo del Tour. Lo perdió entero: ya es séptimo, a ocho minutos.
Sólo Nibali, y ya en el final del Peyresourde, el último puerto, le marcó el paso al ejército británico. Froome le cogió en la primera puja. Wiggins en la segunda. Sentado. Intimidador. A la cima llegaron los tres juntos. Se miraron. Hicieron recuento y todo cuadraba: los tres primeros en París. Wiggins, Froome y Nibali. Unidos bajaron a Bagneres de Luchon. Al líder se le han acabado los rivales. Y casi su Tour, el primero de un británico. Wiggins tiene casa en Alcudia. Un inglés de piel roja al sol balear. Allí llevará el león de peluche de París y el espray solar.
Nadie le cuestionó ayer y no parece que hoy, en la última etapa de montaña, vaya a variar el guion. Para saltar la banca hacen falta locos, valientes. Hace falta Thomas Voeckler, ganador, como en 2010, en la meta de Luchon. Ya tiene cuatro etapas en el Tour, como cuatro puertos tenía la etapa de ayer. El Aubisque, donde Win van Est cayó por un barranco en 1951 y ni se rompió el reloj. El Tourmalet, donde tanto se divertía Bahamontes, cuatro veces primero allí. Y luego el Aspin y el Peyresourde. Ecos de Trueba, de Julio Jiménez, de Merckx, de Ocaña, de Indurain. Cada nombre escrito en piedra sobre estas paredes. Los cuatro muros del Tour. El hogar de Voeckler. «Conozco cada metro de esta etapa desde los 19 años», dijo. «Me he tomado el día como si fueran cuatro etapas, a una por puerto». Quería el reinado de la montaña y la victoria en Luchon. Tuvo lo que mereció: los dos triunfos.
A Voeckler le escupieron en Bélgica, en el inicio de este Tour. Le llamaban 'dopado'. A Voeckler pocos le entienden. Payaso, le dicen. Gesticulante. Pendiente de la cámaras. Un Ronaldo sin gomina. Inquieto, fantasma. Pero Voeckler es mucho más. Francia le considera un héroe. Y algo de eso tiene. Se vio ayer, ante la mirada del Tourmalet. La mejor lupa. Cerca, en el Pic de Midi, vigilaba el observatorio astronómico. Girado esta vez hacia abajo, hacia una estrella que corría a ras de suelo. Voeckler. Lengua fuera, hablando solo. A sí mísmo. Voeckler en armas: atacó para quitar paja de la escapada. Demasiada gente para él: Vinokourov, Sorensen, Kessiakoff, Caruso... y tres de los cinco ciclistas que le quedan al Euskaltel: Gorka Izagirre (espléndido y tercero al final), Egoi Martínez y Jorge Azanza. Era la etapa vasca. El día sentimental.
A 80 kilómetros
Y, sobre todo, el día de Voeckler. Sólo Feillu pudo seguirle en su aventura. A 80 kilómetros de la meta. Era una locura. Sí. De Voeckler, pues. Para entenderle, hay que conocerle. Hay que buscarle en Martinica, a 7.000 kilómetros de Francia. Allí era el 'pequeño blanco', un crío de once años al que quisieron parar en su primera carrera ciclista. Iba el último, al lado de la ambulancia que cerraba la prueba. El conductor le dijo que se subiera, que ya había sufrido bastante. Ni le contestó. No tenía piernas, sólo coraje. Alcanzó la meta. «En mi primera temporada me ganaban casi todos. Hasta había dos niñas que llegaban antes», recuerda. El ciclismo era su desafío; como el de su padre, psiquiatra, eran el mar y su barco. Padre y héroe a la vez. Un corsario en casa. Hasta que un día no volvió. Se quedó en el océano. Dicen quienes conocen a Voeckler que, desde entonces, su vida ha sido continuar el viaje de su padre. Vela al viento. A la aventura.
De regreso a Francia, un día le dijo a su madre que quería ser ciclista. Su barco iba a ser la bicicleta. Mar de asfalto. Se levantaba a las cinco de la mañana, antes de ir al instituto, y salía a pedalear. Su madre, que le conoce, que es viuda de un marino, nunca le frenó. Cómo parar una ola. Así que cada mañana le acompañaba con el coche para alumbrarle la carretera con los focos. De ahí viene Voeckler.
Ayer, en el Peyresourde, en la última boya de la travesía, dejó atrás a Feillu. Y se alejó definitivamente de Sorensen, Vinokourov y el joven Izagirre. Rumbo a Luchon, su orilla. Llegó a vela, tranquilo, con los brazos abiertos ya a kilómetro y medio del final. Gustándose, otra vez con la lengua fuera. Es así, teatral y un genio. Bagneres de Luchón le aplaudió a rabiar. Como desde el pasado le saludaron los suyos, Bahamontes, Virenque, Bartali, Coppi, Gaul, Fuente... Los locos que dejaron huella aquí, en puertos como el Tourmalet y el Aubisque. En puertos como aquel de Martinica desde donde el padre de Voeckler inició en un velero el viaje que ahora continúa su hijo en bicicleta. Voecker es más de lo que parece.
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